viernes, 30 de diciembre de 2011


Querida querida:

no escribo para confesarme,
ya sabes que eso nunca me ha hecho falta.
Es más por continuar
con esa afición mía de molestar
que tanto te molestaba.

¿Recuerdas el jarrón de porcelana
que tu gata rompió aquella noche?
En realidad me desperté con ganas de fumar
y no quise encender la luz.
Ya sabes, es un incordio.
Así que supongo que fui yo
quien chocó contra la mesita.

¿Y cuando compraste aquel vestido rojo,
tu favorito, y me preguntaste
si te veías gorda?
Te dije algo así como “estás preciosa,
que suerte que seas mía”.
Espero que no me creyeses.
aun creo que cuando aplaudes pareces foca.

Ah, y otra cosa.
¿Te acuerdas de cuando mirándote a los ojos,
te sonreía y murmuraba un “te quiero”?
Era mentira.
Es que lo vi hacer muchas veces
en las películas de Hollywood,
y siempre creí que sería un buen actor.

Nada más.

Te quiero, yo.
(Vaya, lo siento. He vuelto a hacerlo.)

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El destino siempre se me antojo tan misterioso y fascinante como el contenido de los bolsillos de mi abuela. La vida, mi vida deseé haberla vivido como ave dentro del viento. Mirar ahora hacia atrás es como verse en un espejo viejo y borroso, en el que la única que permanece siempre lozana y contemplándome desafiante es la mirada de una culpabilidad que no me es desconocida. Invariablemente donde surgió luz crecieron sombras. Mi alma muestra extraños tatuajes que evalúo y comparo para saber si han crecido o si se acabaran por borrar algún día, como si observara mi mano puesta frente al rostro tratando de ver entre los dedos entre abiertos, con una clarividencia propia de estar sentado en la cara oculta de la luna y admirara una fría puesta de sol. Nunca ha sido lo mismo recordar que no poder olvidar. La dolorosa clarividencia de sentirse cada día más extranjero en lugares que siempre me fueron comunes. Un exiliado sin diagnostico que se contempla la mano preguntándose si un remedio seria volcar cera caliente sobre las líneas de su palma para poder escribir otro destino. Una mano que no da ya cuerda a los relojes, que no coge ya las cartas, que no mece ninguna cuna, que se hace daño, por efecto o por defecto. Ya nadie me pregunta donde paso las noches. Les debe ser tan evidente como saber donde se mete la gente cuando llueve. Mi vida la quise haber vivido como ave dentro del viento. A día de hoy, mi mayor preocupación es la de hallar para mis entrañas un lugar entre dos dunas bajo la arena siempre caliente de una lejana playa convertida en anónima tumba.