viernes, 27 de junio de 2014
Temer perderla era mi modo de amarla.
La quise como se quieren las cosas que nunca serán tuyas. Un porsche en el garaje, un mar en la ventana, un viaje solo de ida a Nueva Zelanda. La quise como se debe querer, con ese miedo anclado en el pecho de que esta vez el truco saliera mal. La amé con todo mi miedo. Si amas sin miedo, no amas realmente. Yo siempre, desde el primer día tuve pánico a perderla. La primera vez que la vi temí que al acercarme un poco más dejara de ser ella para ser otra. Porque en mi cabeza antes de que ella existiera ya la había dibujado tal y como estaba delante de mis ojos aquella noche. Y a cada paso que daba para acercarme tuve miedo a parpadear por si ya no estaba. Y cuando por fin parpadeé, tuve miedo a cerrar los ojos por si al despertar solo era un sueño. Y cuando los abría y la veía tenia miedo a tenerlos abiertos porque la realidad es que algo tan bonito solo podía soñarse y los cerraba de nuevo. Y también la veía. Y durante mucho tiempo no sabía si estaba despierto o soñando, si era real o mentira, si me la acaba de inventar o existía porque si, porque a veces la magia existe. Pero nunca me quité el miedo de encima. Porque temer perderla era mi modo de amarla. O porque ese miedo terrible era el único modo de amar a una mujer como ella.
martes, 17 de junio de 2014
lo que no te mata...
lo que no te mata
se resuelve con antibióticos
paracaidismo de adrenalina
apostándole a divanes o farmacéuticas
reflejando la estática del televisor
contorsionando neuronas con ácido, Pilates, y zafarís de vidrieras
luego un libro
un hijo
cualquier otra excusa en oferta
hasta que la vida te exhala
y te rindes con la sospecha
de que lo que no te mató
en todo caso
te convirtió
en un cínico
un escéptico
y un hijo de puta.
viernes, 6 de junio de 2014
Orilla.
Me salen pájaros del pecho si me besas.
Mi reino por las cosquillas de tus alas en mi ombligo.
Te obligo a regalarme un vuelo cada día.
Y que vuelvas a besarme hasta la calma.
Y que la cama se convierta en una playa
que yo no quiero más orilla que tu espalda.
Se nos conserva el amor bien en salazón después de todo.
Y marcan las olas el paso hacia un océano de dudas.
Problemas de mis mareos y tus mareas.
Mira si quiero hundirme en tus pupilas.
Pero prométeme no ahogarme con tus miedos
Y hacer siempre de tu cuello mi bote salvavidas.
miércoles, 4 de junio de 2014
Hasta perder la cuenta...
Tal vez no debía haber posado mis ojos en ti,
yo soy de esos que se enamoran tres veces al día
y ahora lo vuelvo a hacer cada vez que te recuerdo.
Ya van dieciséis en una hora.
Eres como una de esas actrices,
que consiguen con su belleza
que te acabes olvidando
de la trama de la película.
Ha sido observarte e ignorar por completo
el resto de mi vida.
Tan apretada a ti misma
que casi podía considerarse un milagro
que no te rompieras en la siguiente pisada.
Tanta curva en tan poco espacio
que incluso antes de acercarme un metro
ya me sabía a asfalto el cielo de la boca.
Y ya van veintiuna.
Has conseguido con tu presencia,
que vuelva a sentirme partícipe del género masculino.
Tan común como el carnicero de la tienda de la esquina,
tan sátiro como el viejo de la terraza del bar,
tan imbécil como el chico adicto a las abdominales,
tan obsceno como ese casado al que has girado como una peonza,
para poder luego pensar en tu culo
mientras le dice a su mujer que gima más bajo.
Eran mis ojos, los ojos del resto de los hombres,
la misma mente,
la misma hambre.
Y he sentido la tristeza de una rosa entre las rosas,
la impotencia de un camino que se acaba en un barranco.
Te has marchado como hoja empujada por el viento,
con ese desfilar insultante solo permitido
en la estrecha pasarela de mis sueños.
Nos hemos mirado todos a la cara,
el viejo al carnicero,
yo al imbécil,
el imbécil al casado
y así sucesivamente.
Incluso en un patético instante hemos sonreído,
luego bajando la cabeza
hemos seguido con lo nuestro
como si no hubiera pasado nada.
Pero ha pasado.
Y yo ya llevo veintisiete.
martes, 3 de junio de 2014
Que no quiero hablar de amor.
Que yo lo que quiero es garabatear poemas con mi lengua en tu espalda.
Y que al final se nos mezclen las silabas con la saliva.
Que se nos gasten los labios y enreden menos las palabras.
Que no quiero hablar de amor.
Ni de promesas.
Que quiero hacerte el amor a versos.
Desnudarte a miradas.
Comerte con las manos.
Que quiero el fin del mundo en tus ojos.
Que nos perdamos.
Que se te han deshecho las excusas en el filo de la falda.
Y he rozado tus caderas y buscas desesperada razones para no abandonar la cama.
Y de esas, no te preocupes, no me faltan.
Déjame que me abrigue con lo poco que nos queda.
Con los finales felices de las páginas revueltas.
Con los restos de otros poemas.
Y si te quedas, te lo prometo,
que empiezo contigo otra libreta.
Quédate esta noche y hablamos del futuro mañana
que hoy mi vista solo alcanza hasta dónde lance tu ropa interior...
lunes, 2 de junio de 2014
Palabras
Hay palabras que nadie desea escuchar. Palabras malditas que tienen la
irremediable capacidad de hacer tambalearse los cimientos de nuestro
mundo. O, incluso, de romperlos.
Un “te quiero” antes de tiempo, o peor, tarde.
Un “te echo de menos” de alguien a quien ya olvidaste.
Un “se acabó”, cuando pensabas que esto no era más que el comienzo.
Un “debí haberte dicho que…” cuando el pasado es irremediable.
Pero eso sí, si hay algo peor que las palabras malditas son los
malditos silencios previos.