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martes, 20 de mayo de 2014

De olvidos. (Cap 13)

Cuando acepté que el alcohol no era sinónimo de olvido
empecé a beber sin tener excusas.
La gente no me miraba bien.

Los mismos con los que compartí algún brindis
para maldecir una cintura, o unas caderas, o un buen culo,
me dieron la espalda.

Los que te han visto siempre triste
no aceptan tu "felicidad"
si no se consideran culpables.
Como si la tristeza al ser mutua
en lugar de aumentar, restara.

Para sentarse en aquella barra
debías tener al menos dos motivos
y uno a la fuerza tenía que ser el nombre de una mujer.
Si eran dos los nombres
la resaca era espantosa.

Decía lucía, la camarera,
"Si un amor se va antes de tiempo
el desamor se queda para siempre"
También decía,
"Hay gente que lleva tanto tiempo sola,
que confunde soledad con amor propio"

En aquel tiempo yo tenía motivos
y tenía nombres
y nostalgia
y hasta amigos.
Creo que nunca estuve tan solo.

De vuelta a casa le preguntaba a las farolas por mi hogar
pero aquellas putas luces me llevaban a casa
y jamás a tus piernas.

Nunca hubo una resaca peor que despertar sin ti.
Y si perdí el equilibrio era más por ausencia de tus manos
que por el borde de las copas.

Ahora me siento y bebo sin más,
no es una cuestión de nostalgia,
ni siquiera de tristeza,
ni de tu nombre,
ni de esas putas luces,
es simplemente que respecto a olvidar
yo a diferencia del resto
ya me he dado por vencido.  

Para Carolina Ravanal
Despertaste al hombre que se abrasaba a postes.

domingo, 5 de enero de 2014

Jordana (capitulo 12)

Con su impaciencia de guitarra eléctrica  

aura de suburbio Neoyorkino

tiene una hermosa nariz y con sed de tropezar

vestida para ser recuerdo

y exhibiendo en sus muñecas

las moralejas de una Gillette

se posa en mis rodillas

a contarme que de la esperanza

solo le queda el verde de su rímel,

que el amor

mejor no sentirlo

ni manufacturarlo en esta Crisis,

y que el dinero quizás de paraguas

o de arnés

por si decide vacacionar tocando fondo…

 

–Vente conmigo y te enseño a caer –digo besando su nuca.

–¿De pie…?

–A como extender la caída libre… –vuelvo a la cerveza—. El aterrizaje solo preocupa a los gatos y a la gente feliz.

 

Jordana ríe y vibra

como toda madera que se sabe muerte y música,

me pide que le mienta un rato más

(pero que omita los signos vitales de la ciudad y de ese sol que mata y saca a bailar)

hasta que las luces inteligentes nos abandonen como crucigramas

para obligarnos a retomar los guiones:

ella a las rodillas de otro

y yo

a esta caída libre que me voy improvisando

…de la que por vergüenza nunca admito

cierta preocupación gatuna

por el aterrizaje.

 
A Jordana  …hasta la próxima.

lunes, 6 de mayo de 2013

Otra forma absurda de morirse. (cap 11)


Me gustaba tanto. Ya era ese el único motivo por el que seguía acudiendo a ese bar. Por el que no intentaba ganar la batalla de la palabra y le cedía el terreno necesario para que me clavara sus verbos bajo el paladar, su abecedario en la entrepierna.

Miraba su boca y no pensaba en sexo oral. No fantaseaba sobre la profundidad de su garganta. No le contaba a mis demonios internos lo mucho que nos divertiríamos haciendo que jaderara como si acabara de correr cinco kilómetros.

Miraba su boca y quería besarla. Besos de despedida. De hasta mañana. Besos sin lengua incluso. Besos que traen otros besos. Y otros. Hasta que ya no sabes que labios de verdad son los que te pertenecen, ni que sabor es el de tu boca.

Miraba su boca y sabia que besarla era lo mas maravilloso que podía ocurrirme en la vida. Porque en ese momento mi vida, era su boca. Y respirar lejos de ella, otra forma absurda de morirse.





Para Vicky, no sabes lo que me hubiera encantado volver a verte.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El hombre que se abrasaba a los postes, cap 10


- Era tan bonita, que se hizo lesbiana de sí misma. Incluso la vi masturbarse frente al espejo, excitarse con el color de su piel, con cada pliegue de su carne, en posturas tan imposibles, que cualquier jurado estricto de gimnasia artística, no hubiera tenido más remedio, que levantar el cartel con el numero diez.

"Cara de perro" estaba más enamorado de la ausencia de Pamela, de lo que lo había estado de su presencia en aquellos tres años.

- No era una mujer cualquiera, era cualquier mujer que le hubiera apetecido ser. Dijo con la vista perdida en el fondo del vaso de whisky.

-  ¿Como era ella? Preguntó sin levantar la mirada.

-  ¿Quién?  Dije interrogante.

-  ¿esa mujer, la que de tanto hablas? Volvió a insistir. Esta vez mirándome al centro de los ojos.

Suspiré profundamente. Siempre me dolía escuchar nombrarla en boca de otro. Me encendí un cigarro, apuré una calada profunda lanzando el humo como si fuera nostalgia.

- Ella era el todo, que le falta a esta mitad. Dije.

"Cara de perro" se quedó observándome, como quién intenta hacer una ecuación imposible.

-  ¿Tú sabes que yo no llegué ni a la media, no?

Asentí con la cabeza.

- Entonces a mí no me vengas con frases de esas para mujeres que se dejan sorprender. A mí háblame claro. Ingirió media copa de un trago y se marcho a mear.

Una noche, en la que "cara de perro" había solucionado sus diferencias a puñetazos con dos ingleses, mientras el resto del bar observaba los golpes sin intriga pues ya sabían de donde saldría toda la sangre, "el viejo Julio" me dijo en voz baja.

- Este tipo se jacta al decir - Gracias a Pamela, soy lo que soy-  ignorando que nosotros lo que vemos es un monstruo y consigue que aún sin conocerla, todos odiemos a esa maldita mexicana.

Mariela me hizo un gesto con el rostro para que mirara a la puerta, me giré sin mucha curiosidad y allí estaba ella. María. No estaba lloviendo esta vez, de hecho hacía veinte días exactamente que no caía una puta gota en esta maldita ciudad. Llevaba su pelo negro recogido, lo que le daba a la cara un tono más agresivo. Como si hubieran soltado una pantera en medio del bar. Tenía unas mallas negras tan pegadas a la piel, que en el triángulo equilátero que le hacía la vulva se podía leer el verbo follar en doce idiomas diferentes. Unos tacones de unos trece centímetros por encima del infierno, una blusa negra y una sonrisa de saber cuanto morbo despertaba su presencia.

- ¿ Quién mierda es?  Preguntó "cara de perro" una vez regresó del baño.

Sin dejar de recorrer sus pasos con los ojos pegados a su silueta solamente puede soltar - Un sueño y esta vez espero que nada me despierte-.


martes, 20 de noviembre de 2012

Irene. (El hombre que se abrasaba a los postes. cap 9)


No había mucha gente aquella noche en el Bar, al fondo jugaban a las cartas un grupo de hombres y un par de mesas más a la izquierda unos cuantos trabajadores hacian horas extras con la ginebra. Sus diálogos se centraban en fútbol o autos. Yo no sabía nada de ninguna de las dos materias y es realmente complicado pertenecer a este genero, cuando no eres capaz de saber que delantero va a fichar el Colo o que motor tendrá el nuevo formula uno, que conducirá Fernando alonso la próxima temporada.
En la barra Irene ponía más glamour del que podía soportar la lampara de la sala. Había mas luz en sus ojos, que en las nueve bombillas que luchaban contra la oscuridad del lugar.
Irene era puta y rumana por ese orden, llevaba tres años en Chile y hablaba el castellano con tan asombrosa nitidez, que por momentos parecía que habia nacido en Ñuñoa.

- Los hombres quieren follar de eso no cabe duda, sin embargo le dan todavía mas importancia a ser escuchados. Por eso vienen tantos casados por aquí  en casa tienen sexo, es como una parte del matrimonio a la que la mujer se somete, como una ley invisible, que pacta a la hora de los anillos. Pero oír a un hombre va mas allá de la apetencia, eso o surge o no surge. Es mas fácil fingir un orgasmo que una conversación. Las putas estamos preparadas para ambas técnicas. Al menos las putas buenas. Decía con una sonrisa tan cálida que derretía los cubitos de hielo de las copas.

-  ¿Ah de Rumania? ¿Seras de bucarest no? -Aquí el hombre necesita ser el inteligente. - Si de Bucarest les digo. Se sienten felices, por haber asociado la única ciudad que conocen de mi país con la mía. Yo soy de Timisoara pero eso importa una mierda. Incluso me importa una mierda a mí.
 Así que los contento. Son fáciles. Ataca.

Irene me gusta, es muy inteligente, sobria y muy directa, hablar con ella es robarle minutos a la muerte. Tiene los ojos verdes y profundos, por momentos parecen abismos donde de caer puedes quedarte eternamente flotando en ellos.
Rubia, pálida como el culo de la luna, con dos buenas tetas de esas que consiguen creer en el diablo antes que en dios y unas piernas infinitas, siempre decoradas por tacones afilados que hacen opera cuando viene y heavy metal cuando se marcha.

- A mi madre le dije en su día que trabajaba en un banco. Me confesó a la vez que pintaba de rojo carmín el filtro de su cigarro.

- ¿Y se puso contenta? Le pregunté.

- Disimuló bien. Contestó. Ella cree mas en la genética que en su propia hija.

Irene me contó una vez, que cuando tenía dicecinueve años había asesinado a un hombre.

- Violó a mi hermana de nueve años, no solo la desgarró por dentro, también de forzarla le rompió un brazo. Lo esperé una noche en su portal y le corté el cuello. Así de simple. Nadie vino a buscarme, aunque todos sabían que había sido yo, mi barrio es pequeño. Ha sido la única vez en mi vida que en los ojos de la gente he sido heroína antes de víctima. Lo narró emocionada, con los ojos húmedos.

- A veces el hijo de puta me sale en sueños, dice que en el infierno a los asesinos se los follan por el culo. Debe ser que allí aun no llegó la noticia de que soy puta. Soltó con ironía.

- ¿Crees en el diablo? Le pregunté.

- Solo en plural. Contestó acabándose la copa.

No se hasta que punto podía ser verdad lo que contaba Irene, lo cierto es que yo solo creía en la gente que no tenía razones para engañarme, ni físicas, ni económicas, ni de ego e Irene era una de las pocas con las que me había encontrado en mi vida.

- ¿Y da placer? Pregunté.

- ¿ El qué?

- ¿Matar? Le sugerí.

Sonrió ante mi curiosidad,  me daba cierta tristeza ver su bonita boca, siempre acababa por imaginarla tragando con mas asco que vergüenza el desahogo de cientos hombres.

- No lo sé, lo que si da es miedo. Dijo. - Que sea mas fácil destruir que crear es para observar el mundo con cierto recelo. Confesó.
 - No me arrepiento- continuó- y volvería a hacerlo si es lo que te preguntas.

Ahora estaba allí sentada, a mi lado, con un cadáver a la espalda, comiendo tortilla y bebiendo cola light, a tan solo 20 lucas de follar conmigo, quizás a 30 de dormir en mi cama, despertando una guerra sin tregua entre lo hiponcondriaco y el morbo. Que siempre ganaba el miedo.

En la calle había dejado de llover, los charcos con menos escrúpulos de aquella avenida triste me devolvían mi imagen, anduve camino a casa abrazando postes, lamiendo mis propias cicatrices internas y exponiendo a la luz de la luna las heridas externas, las de esas mujeres que una vez decidieron que yo no valía otro beso.

La luz de la habitacíon de Cristal estaba encendida, me quedé allí, en mitad de la calle observando el baile lento de sus cortinas rosas y suspiré, en otro absurdo intento de ser parte del aire. Como el polvo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Por esta puta superficialidad. (parte 8)


Aunque antes de entrar al bar la intención fuera tomarse un simple café, era atravesar la entrada y la garganta te pedía el alcohol más duro que fueran capaz de servirte. Detrás de la barra estaba Mariela. Mariela tenía muchas ganas de morirse, no es que me lo hubiera afirmado nunca pero era fea. Muy fea. En este mundo donde te suelen juzgar por tu apariencia física para querer morirse puede bastar con ser feo. A Mariela le bastaba.

No venía a menudo, por aquello de mantener el equilibrio y la decencia. No era un lugar acogedor, estaba mal decorado con cuadros abstractos que parecían trozos de mujeres desnudas, en tonos muy oscuros, las sillas eran incómodas, los taburetes demasiado bajos, la barra, aunque Mariela pasaba el trapo cada hora siempre tenia el aspecto de que te podías quedar pegado en cualquier momento y perder la higiene o un brazo.

No solían entrar muchas mujeres, alguna despistada extranjera, alguna puta de los alrededores, simples borrachas que necesitaban vomitarse encima antes de dormir, o María.

Cuando digo María, me gustaría poder expresar con ese nombre, el trozo de felicidad que le falta a cada hombre en su vida. Lo que la hacía común y comparable por su forma de llamarse a tantas otras, lo salvaba con su presencia de un modo tan descarado, que era la única María que he conocido que no merecía responder por ese nombre.

La primera vez que la vi fue una noche de lluvia, entró completamente mojada, se plantó en el centro del bar como si fuera parte de los rayos de la tormenta del electrizante cielo y soltó:

- No he encontrado un paraguas libre en toda la ciudad.

Ninguno de los que estábamos allí dentro fuimos capaces de dejar de observarla, nadie nunca había visto, salir de la ducha a una mujer tan desnuda.

 Confieso que la mayoría de las veces que he regresado a este bar fueron por verla, de hecho no recuerdo si he faltado alguna noche de tormenta desde aquel día.

- Sabia que ibas a venir, me lo avisaron los charcos. Me dijo Mariela una vez.

Mariela tenia los ojos grandes, muy grandes, de un marrón confuso, la nariz afilada, los labios finos como de gato y los dientes absurdamente alineados como una mala partida de tetris. No era alta ni baja, ni delgada ni gorda, plana como si antes de nacer tuviera dudas sobre si ser niño o niña. Lo mejor de Mariela, o quizás lo único bueno, era su voz, dulce y melódica. Hubiera sido la mejor madre del mundo cantando canciones de cuna si alguien alguna vez la hubiera amado tanto por dentro, que por fuera al menos le hubiera resultado invisible.

- Hoy tampoco apareció- Dijo Mariela mientras secaba los vasos. -Tendrás que esperar  al próximo diluvio o a las cuatro de la mañana de esta misma noche, es la hora en la que en mi ojos comienza la tormenta.

La miré y me odié terriblemente por no amarla. Por esta puta superficialidad que le ganaba el pulso a mi bondad. Acaricié su mano suavemente antes de marcharme a jugar como un niño indefenso con los charcos de las aceras.

Y me mojé la vida, otra vez.

sábado, 7 de abril de 2012

El hombre que se abrasaba a los postes séptima parte


Decía el "viejo Julio" que una persona deja de ser joven cuando para ver a sus amigos en lugar de ir a un bar cualquiera tenía que ir al cementerio.

Yo no he tenido muchos amigos, para considerarlo amistad, uno debe además de compartir los secretos, aceptarlos. Tener el poco orgullo para pedir disculpas y el arte de saber perdonar. Siempre he pensado que los amigos de cada persona se cuentan por las mentiras que cada uno sea capaz de contarles.

El "viejo Julio" también decía entre sorbo y sorbo que la amistad es lo que le sobra al amor y el sexo lo que le falta. Que una persona empieza a follar de verdad cuando se quiere más a si mismo que a su pareja. Y ocurre, te lo juro que ocurre. Confirmaba a la vez que hacía memoria rascándose la cabeza.

Un tipo peculiar, que formaba parte de los decorados de los bares más viejos de la ciudad, algunos decían, que él fue quién se tomó la primera copa en todos ellos y que a este paso donde la economía era un puto desastre también se tomaría la última.

- No soy divorciado, ni soltero, ni viudo, simplemente me las he arreglado para estar solo. Y no es fácil. Yo nunca he levantado un copa por una mujer, ni para celebrar ni para olvidarla. Mis borracheras no han sido más que sed y créeme amigo, cuando no te quiere nadie, no basta con el agua.

Estaba pensando en Valeria, esa rubia que apareció en la pista de baile, como un rayo de tormenta en una noche de verano. Pensando en que quizás no existía tal y como la recordaba. Aquella mañana me había deshecho de su teléfono pero su recuerdo taladraba mi cabeza. Su recuerdo era un vecino martillo en mano a las ocho de una mañana de domingo, clavando las repisas que sostedría su pasado de rutinas.

- Julio- le pregunté- ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono que significa?

Julio volvió a su cabeza, blanca como si la hubiera enterrado en la nieve. - Que nunca tendrá saldo para llamarte ella- Dijo y sonrió,como quién tiene la verdad absoluta de las cosas.

jueves, 22 de marzo de 2012

El hombre que se abrasaba a los postes sexta parte

"Cara de perro" sabía tres idiomas. El castellano, el de los ojos y el de los puños. Normalmente no le hacía falta llegar a usar el segundo y de hacerlo solía sobrarle el tercero. Solamente una vez lo vi llegar a ese punto fatídico, hacía casi dos años de aquello y aún tenía pesadillas.

"Cara de perro" bebía whisky solo. -El ron es para maricones acomplejados, la ginebra para borrachos con excusas digestivas y el vodka para desinfectar las heridas. - decía con la crudeza con la que se afeita un camionero en el baño de una gasolinera. -Si yo tuviera un bar, solo habría whisky. Whisky y tequila para brindar, por si a 
Pamela se le ocurre volver-

Obviamente "Cara de perro" no tenía un bar y 
Pamela no volvería nunca. Ella era una mexicana de sueño, que desapareció de su vida de la noche a la mañana.

- Nunca ames a una mujer. Quiérela cuanto puedas pero jamás se te ocurra amarla. Amar es el límite, una vez llegas, ya no puedes ofrecer nada más, ella lo sabe y se marcha. Las mujeres necesitan cierta incertidumbre en el amor, pensar que aún lo intenso, lo verdaderamente explosivo está por llegar. Si se lo das, ¿qué sentido tiene quedarse a tu lado? Ya tuvo su premio, el máximo. Cualquier persona coherente prefiere el misterio a la rutina. - Decía "Cara de perro" sin soltar el cigarrillo de la boca.

Me respetaba, quizás porque yo lo escuchaba sin interrumpirlo, no me esforzaba en absoluto. No era un hombre sabio pero había sufrido tanto que le sobraba inteligencia. Estar cerca de él, era como entrar dentro de una burbuja protectora. Quien me veía a su lado me respetaba, incluso memorizaban mi rostro y me saludaban allá donde me vieran.

- El amor es una mierda, te lo digo yo, pero se acaba, siempre se acaba. En cambio el odio puede ser infinito. Yo siempre odiaré a mi padre. El odio te hace duro,te marca los rasgos de la cara, para ser alguien en la calle, tienes que haber odiado con más intesidad de la que hayas querido. Parece que tú nunca has odiado a nadie.- Me dijo mientras observaba de entre ojo a una morena que pedía un Martini.

- Yo también tenía una 
Pamela . Le confesé aprovechando su silencio.

Me miró como nunca lo había hecho antes, con un toque de sensibilidad que a su rudo rostro le venía como una escena porno a una película de Disney. -Daniela- le gritó a la camarera- Pon cuatro chupitos de tequila- Me golpeó el hombro y brindamos bruscamente por el odio.

sábado, 17 de marzo de 2012

El hombre que se abrasaba a los postes quinta parte


Lo bueno del alcohol, es que con cuatro copas encima cualquier mujer te parece accesible. De no estar bebido, lo que está claro es que no se me hubiera ocurrido acercarme a semejante mujer. Una vez, un amigo de esos que uno acaba conociendo para no beber solo me dijo:

- Cuando estés borracho y te guste mucho una mujer, réstale la mitad de su belleza, la otra mitad es fantasía.

Fantasía o no, cuando la tuve a dos metros, no me salió una palabra, solo una especie de gemido ridículo, lo suficientemente grave para que la música no lo tapara y se perdiera en un acorde.

Ella hizo algo parecido a sonreír, me quitó el vaso de la mano y se lo bebió de un solo trago. De haberse vuelto en ese momento, hubiera lamido el borde del vaso, con la misma curiosidad, que un niño un helado de tres sabores. Pero se quedó allí casi sin parpadear y tuve la sensación de que me estaba viendo desnudo.

Era linda, no linda de esas que tienes cerca y suspiras, linda de aquellas otras que tienes lejos y te falta el aire.

La invité a otra copa y ella al paisaje de su escote, era injusto, quizás, me salió muy económico mirar a través de las puertas del infierno. Luego me dijo su nombre  y con su lápiz de ojos y en mi cajetilla de cigarros puso su número de telefono.

Me dijo que llegaba tarde, aunque no especificó de donde, supongo que intuyó, que de yo saberlo, la hubiera esperado allí el resto de mi vida. Así que mientras el cincuenta por ciento de su belleza atravesaba la pista de baile hacia la salida, yo me llevé a casa el otro cincuenta, para demostrarle a solas que los borrachos, a veces, también decimos la verdad.

martes, 11 de enero de 2011

El hombre que se abrasaba a los postes cuarta parte

Me era más útil saber donde estaba el unimark que su clítoris aunque seguramente ambos recibían las mismas visitas al mes.

Era puta, si, de las que cobran.
Era guapa, mucho, de las que brillan.
Y tan triste demaciado, de las que sueñan con precipicios.

Se llamaba Pamela y aunque conocía treinta y cinco maneras diferentes de asesinar a un hombre sin dejar huellas, de pequeña como la mayoría también jugaba con barbies y saltaba en los charcos.

- No soy yo, soy lo que queda de mí. Eso me dijo un día después de hacerme feliz siete segundos.

La conocí meses después de que los huesesitos de Ingrid comenzaran a decorar la lápida más primaveral de mi memoria.
Yo estaba terriblemente sólo y su cintura de reina del hula-hula anestesiaban los malos recuerdos en cada movimiento que inventaba.

Ayer me llamó con ese acento mexicano que te emborrachaba de tequila por palabras.
Había hecho dinero suficiente para volver a su país y montar algún negocio, a ser posible un salón de belleza y con un poco de suerte poder vivir decentemente aniquilando todo su pasado.

Nunca a pesar de nuestra multitud de encuentros me había besado en la boca hasta ayer, suave, como una brisa de esas de verano que te envuelve cuando más la necesitas.

- Te echaré de menos bebé. Dijo.

Tuve unas ganas tremenda de abrazarla, de pedirle que se quedara, de rogarle que no se fuera nunca, que yo la haría tan feliz que se olvidaría de una vez por todas de sus raíces, de su mexico lindo, de aquel padre cabrón que la humillaba y la hizo crecer a pasos de gigante,de todos y cada uno de los clientes que solo la trataron como carne, que yo lamería sus heridas hasta hacerla cicatrices y las cicatrices las besaría hasta no dejar ni rastro de ellas en su bendita piel morena.

Suele ocurrirme que siempre me enamoro en ese instante en el cual ya el amor, camina varias horas por delante.
Igual que me ocurrió con aquella chica preciosa que se disfrazaba de otoño para dormir.

Pamela y toda esa farmacia contra el vacío que poseían los dos mejores muslos de esta maldita ciudad se marchaban dejando un montón incontable de hojas en blanco en mi caótica vida.

En el bar todo estaba en su sitio, Olga tambaleándose en busca del aseo, Julián acariciándole con mimo la cabecita a la tortuga de su bolsillo, Daniela con la mirada triste tras la barra, el señor con bigote con el que alguna que otra vez había echado unas partidas de poker mirando al techo y humo ,mucho humo y música de suicidio y una mesa repleta de mujeres que parecían travestis con tanto maquillaje y otra mesa repleta de hombres que parecían mujeres con tanto perfume y poco vello.

Todo en orden.

Besé a daniela en la mejilla que me devolvió el beso con una de esas sonrisas mágicas y pedi una copa grande para bebérmela de un solo trago a la salud de Pamela.

- Por la reina del hula-hula. Dije en voz alta.

Con tequila por supuesto.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El hombre que se abrasaba a los postes tercera parte

Me gustan las mujeres que saben que con la vulva pueden mover todo su alrededor, las que usan las tetas como argumento y nunca como reclamo, las mujeres que callan cuando tienen demasiado que decir y hablan cuando tienen demasiado que callar.

Por esas y por otra multitud de razones cada vez que ella ponía mi nombre en su boca, yo movía la cola como un perro abandonado que esperaba la caricia que le hiciera sentirse útil.

Por aquel entonces yo estaba enfermo de nostalgia y eran en sus caderas amplias como abanicos abiertos donde encontraba el medicamento para anestesiar los vacíos.

De hecho fue allí, en los jardines del cielo de su boca donde yo aprendí el oficio.

- No me gustan los poetas, los poetas mienten todo el tiempo. Decía sin clemencia.

- ¿ Y los jardineros? Preguntaba yo.

- Menos aún, se creen que el amor es una flor, regar y mimar, a la mujer o te la follas de vez en cuando o corres el riesgo de que confunda el amor con el cariño. El amor se mueve por los impulsos del deseo, el te quiero real es el que se dice con los ojos.

- ¿ Y que te gusta entonces? Preguntaba malhumorado.

- Mi padre, me gustaba mi padre, el nunca me quiso así que jamás tuvo necesidad de mentirme y fue todo siempre tan mutuo que llegaba a resultar adorable.

- ¿ Y tu madre?- Preguntaba yo de nuevo.

- De mi madre heredé estos pechos ( dijo dejando al aire las dos razones más evidentes que me habían dado en la vida) Así que algún aprecio debo guardarle.

Me encantaba verla fumar en la terraza, con los codos apoyados en la barandilla, la espalda debílmente arqueada como un tobogán y su culo duro como el del un maniquí de alguna tienda de mall, sutilmente inclinado consiguiendo que hubiera más morbo en dos metros cuadrados que en los próximos diez mil kilómetros a la redonda.

Tenía una belleza tan salvaje que ni siquiera en la selva se hubiera sentido cómoda.

- Sólo, con tres hielos y en copa grande, hoy quiero olvidarme de que estoy contigo. Dijo.

Cuando venía a casa es por que las cosas no le iban bien.

- Yo no soy infiel, soy una ninfómana del amor, nunca pienso en otros cuando estoy con mi marido, ni pienso en mi marido cuando estoy con otros. Esa es la fidelidad máxima a la que puede llegar un ser humano.

Su marido, un eterno desconocido para mí, tan sólo sabía que era policía y que cambiaba continuamente de turnos. Nada más. Y la realidad es que era suficiente.
A veces la quería  y no soportaba saber que alguien más afortunado que yo dormía con el perfume de su cabello pegado a la nariz.

Tenía el pelo largo y castaño, si se lo recogía se le redondeaba la cara, si se lo soltaba parecía un triángulo equilátero.

Mi princesa geométrica así la llamaba a solas conmigo mismo.

Sus ojos verdosos se inventaban diapósitivas de las orillas más hermosas del medIterráneo en cada parpadeo, sus labios eran tan carnosos que a la vez que te besaban te absorbían y luego te soltaban para besarte otra vez.

Tanta curva que si no aminorabas la velocidad corrias el riesgo de matarte en cualquiera de las cunetas que le habitaban en las costillas, era dificil pisar el freno cuando se quitaba la ropa y te arrancaba la piel.

- Me dejo los zapatos puestos porque una mujer jamás debe desnudarse del todo delante de un hombre.

Un metro sesenta y cinco, sesenta y dos kilos y una talla de pecho que prefría omitir para evitar erecciones.

-El día que me escribas un poema, yo le pondré la música de fondo, serán mis tacones alejándose para siempre de tu pecho la banda sonora de tus letras y eso debes prometerlo.

Y lo hice, se lo prometí, sin ni siquiera meditarlo un segundo.

La realidad es que lo único que deseé aquel día es lo que deseo hoy mismo, no deberle nunca ni un sólo verso.

Y brindo por ello.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El hombre que se abrasaba a los postes segunda parte

Al fondo a la derecha, justo detras de la columna de los espejos y debajo de la foto donde Marilyn detiene el tiempo con las piernas,
es donde me suelo sentar alguna tarde a escribir. Porque yo además de estúpido escribo y además de escribir soy un hombre.
Todo en ese orden.

En ocasiones escribo sobre mujeres que conosco, otras sobre mujeres que no existen y la mayoría sobre mujeres que no deberían de existir.

Lo que por la noche puede ser considerado un bar de mala muerte, por el día es una plácida cafetería, con hilo musical, una luz insultante
que invita al diálogo y un ambiente selecto de rostros diversos, que todos juntos parecen un puzzle de algún cuadro dibujado por un pintor cuerdo.

Ni rastro de Daniela.
- No es turno para las feas- Suele decir.
Sus ojos apagados, como un eclipse eterno y esa mueca de nostálgica empedernida, como si toda su vida esperara el amor en la próxima esquina
desentonarían con la felicidad fingida del lugar.

La camarera se llama Carmen, siempre me mira por encima del hombro y yo siempre la observo por debajo del cuello. LLeva los últimos botones del escote
desabrochados como si el olvido formara parte del uniforme laboral y se hace la sorprendida cuando se encuentra ojos resbalándole por el
canal del pecado.
Es insultántemente guapa pero no brilla. Una mujer sin brillo por mucha belleza que tenga, no es más que carne sutilmente ubicada en en lugar idóneo.
Nada más.
El brillo se reconoce en el primer vistazo, si el corazón acelera y la mente inventa, de golpe, se hace la luz.

La primera vez que vi a Carmen bostezé, luego pedí un café mirándole las tetas como si fueran uno de esos acantilados que hay en las postales y seguidamente escribí "a la mujer más plana del mundo".
Es mi manera de joder al ego. Follar sin placer con hojas en blanco.

Por las mañanas trabajaba,como la mayoria, donde las personas de allí se gastaban en unos zapatos mi sueldo anual.
Gente que te hablaba de tú, que jamás daban los buenos días y odiaban que un simple trabajador los mirara a los ojos. Gente por la que no me
hubiera importado convertirme en asesino en serie y copar las portadas de los periódicos del país.

El asesino de la capucha ataca de nuevo.

Me gustaría tanto que alguien temblara por mí, que ni siquiera me importaría que fuera por miedo.

Allí en aquellos jadines interminables fue donde la conocí, siempre había pensado que al amor de mi vida lo conocería con un mar de fondo,
pero ella quiso contradecir mis fantasías desde el primer momento.

Chispeaba, llevaba un paraguas naranja, el pelo suelto y unas botas altas de esas que hacen sumisos a los hombres.
Fue increible lo que hizo con el gris del cielo cuando sonrío.
Imposible lo que consiguió con el aire cuando con dos dedos se colocó el pelo del otro lado.
Impensable lo que logró con mi latir.

La flor más hermosa de todas y eso que las había visto muchas, era capaz de caminar, respirar y conseguir que yo, me echara perfume todas las mañanas
por si el azar otra vez la colocaba en mi camino.

Pero supongo que esto ya es otra historia.

O no.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El hombre que se abrasaba a los postes

Se llama Daniela. Es con la única mujer con la que mantengo una conversación ultimamente. Es la camarera del bar donde me emborracho.
Recuerdo que empecé a beber para celebrar algo, luego al tiempo bebía para olvidar y ahora resulta una simple cuestión de inercia.
Como comer, dormir o masturbarse.

Daniela es más guapa copa tras copa, tiene un hermoso perfil derecho y una especie de lunar no catalogado en la sien izquierda que parece
tener vida propia.
He dormido alguna vez en su cama pero jamás hubo sexo, nos hemos besado en alguna ocasión pero nunca hubo lengua, le he mencionado a veces que la quiero
pero con la credibilidad nula que da el tequila.

Lo cierto es que echo mucho de menos a Natalia, cuando estoy verdaderamente triste o nostálgico voy al cementerio, escarbo la tierra con las uñas y le hago
el amor a su esqueleto. Es asquerosamente romántico.

El hombre del fondo, el del sombrero, solo bebe vino. Apenas habla, comenzó a venir cuando su mujer lo abandonó por un abogado corrupto, luego se compró
un perro que acabó atropellado por un bús cargado de niños de preescolar. Ahora tiene una tortuga, duerme en el bolsillo de su chaqueta y se llama Frida.

Natalia decía que las cosas realmente importantes estaban en los bolsillos. El dinero, las llaves, las cartas de amor.

Era la única mujer que he conocido que no usaba cartera.

- Me hubiera gustado tanto conocer a esa Natalia de la que tanto hablas- Ha repetido en numerosas ocasiones Daniela.

Es una frase llena de ignorancia, Natalia con solo su presencia ya acomplejaba a la mayoría de las mujeres.

La señora obesa que acaba de entrar se llama Olga, es hija de un padre ruso y una madre ucraniana, bebe vodka sólo y sola, a raíz del cuarto vaso comienza
a gritar frases en su idioma que por el tono adquirido los que allí nos encontramos agradecemos el no poder traducir.

A veces cuando esta de humor enseña las tetas y se lleva una ovación, incluso en ocasiones invita al personal a manosearlos, son como dos globos aerostáticos desinflados que bailan al descompás el uno con el otro.

Olga es lesbiana aunque solo folla con hombres, la realidad es que la mayor parte de las mujeres son inteligentemente selectivas.

Supongo que es esa una de las razones por la que estoy sólo.

Todas las noches en mi regreso a casa, la calle se me hace demasiado larga y siempre antes de llegar acabo abrazado a algun poste, ya no lucho contra el equilibrio, ni siquiera lo busco, es él quién me intenta encontrar sin demasiado éxito.

Sé que en mi hogar me esperan las ventanas para invitarme al suicidio, siempre antes de salir me preocupo de abrir las cortinas para que a mi llegada la muerte, no deje nunca de jugar sus cartas y conserve su fuerza como opción.

Y es que al fin y al cabo casi todo en esta vida al final, sólo depende de un salto.










Continuará....supongo.