jueves, 2 de diciembre de 2010

El hombre que se abrasaba a los postes tercera parte

Me gustan las mujeres que saben que con la vulva pueden mover todo su alrededor, las que usan las tetas como argumento y nunca como reclamo, las mujeres que callan cuando tienen demasiado que decir y hablan cuando tienen demasiado que callar.

Por esas y por otra multitud de razones cada vez que ella ponía mi nombre en su boca, yo movía la cola como un perro abandonado que esperaba la caricia que le hiciera sentirse útil.

Por aquel entonces yo estaba enfermo de nostalgia y eran en sus caderas amplias como abanicos abiertos donde encontraba el medicamento para anestesiar los vacíos.

De hecho fue allí, en los jardines del cielo de su boca donde yo aprendí el oficio.

- No me gustan los poetas, los poetas mienten todo el tiempo. Decía sin clemencia.

- ¿ Y los jardineros? Preguntaba yo.

- Menos aún, se creen que el amor es una flor, regar y mimar, a la mujer o te la follas de vez en cuando o corres el riesgo de que confunda el amor con el cariño. El amor se mueve por los impulsos del deseo, el te quiero real es el que se dice con los ojos.

- ¿ Y que te gusta entonces? Preguntaba malhumorado.

- Mi padre, me gustaba mi padre, el nunca me quiso así que jamás tuvo necesidad de mentirme y fue todo siempre tan mutuo que llegaba a resultar adorable.

- ¿ Y tu madre?- Preguntaba yo de nuevo.

- De mi madre heredé estos pechos ( dijo dejando al aire las dos razones más evidentes que me habían dado en la vida) Así que algún aprecio debo guardarle.

Me encantaba verla fumar en la terraza, con los codos apoyados en la barandilla, la espalda debílmente arqueada como un tobogán y su culo duro como el del un maniquí de alguna tienda de mall, sutilmente inclinado consiguiendo que hubiera más morbo en dos metros cuadrados que en los próximos diez mil kilómetros a la redonda.

Tenía una belleza tan salvaje que ni siquiera en la selva se hubiera sentido cómoda.

- Sólo, con tres hielos y en copa grande, hoy quiero olvidarme de que estoy contigo. Dijo.

Cuando venía a casa es por que las cosas no le iban bien.

- Yo no soy infiel, soy una ninfómana del amor, nunca pienso en otros cuando estoy con mi marido, ni pienso en mi marido cuando estoy con otros. Esa es la fidelidad máxima a la que puede llegar un ser humano.

Su marido, un eterno desconocido para mí, tan sólo sabía que era policía y que cambiaba continuamente de turnos. Nada más. Y la realidad es que era suficiente.
A veces la quería  y no soportaba saber que alguien más afortunado que yo dormía con el perfume de su cabello pegado a la nariz.

Tenía el pelo largo y castaño, si se lo recogía se le redondeaba la cara, si se lo soltaba parecía un triángulo equilátero.

Mi princesa geométrica así la llamaba a solas conmigo mismo.

Sus ojos verdosos se inventaban diapósitivas de las orillas más hermosas del medIterráneo en cada parpadeo, sus labios eran tan carnosos que a la vez que te besaban te absorbían y luego te soltaban para besarte otra vez.

Tanta curva que si no aminorabas la velocidad corrias el riesgo de matarte en cualquiera de las cunetas que le habitaban en las costillas, era dificil pisar el freno cuando se quitaba la ropa y te arrancaba la piel.

- Me dejo los zapatos puestos porque una mujer jamás debe desnudarse del todo delante de un hombre.

Un metro sesenta y cinco, sesenta y dos kilos y una talla de pecho que prefría omitir para evitar erecciones.

-El día que me escribas un poema, yo le pondré la música de fondo, serán mis tacones alejándose para siempre de tu pecho la banda sonora de tus letras y eso debes prometerlo.

Y lo hice, se lo prometí, sin ni siquiera meditarlo un segundo.

La realidad es que lo único que deseé aquel día es lo que deseo hoy mismo, no deberle nunca ni un sólo verso.

Y brindo por ello.

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