miércoles, 1 de diciembre de 2010

El hombre que se abrasaba a los postes segunda parte

Al fondo a la derecha, justo detras de la columna de los espejos y debajo de la foto donde Marilyn detiene el tiempo con las piernas,
es donde me suelo sentar alguna tarde a escribir. Porque yo además de estúpido escribo y además de escribir soy un hombre.
Todo en ese orden.

En ocasiones escribo sobre mujeres que conosco, otras sobre mujeres que no existen y la mayoría sobre mujeres que no deberían de existir.

Lo que por la noche puede ser considerado un bar de mala muerte, por el día es una plácida cafetería, con hilo musical, una luz insultante
que invita al diálogo y un ambiente selecto de rostros diversos, que todos juntos parecen un puzzle de algún cuadro dibujado por un pintor cuerdo.

Ni rastro de Daniela.
- No es turno para las feas- Suele decir.
Sus ojos apagados, como un eclipse eterno y esa mueca de nostálgica empedernida, como si toda su vida esperara el amor en la próxima esquina
desentonarían con la felicidad fingida del lugar.

La camarera se llama Carmen, siempre me mira por encima del hombro y yo siempre la observo por debajo del cuello. LLeva los últimos botones del escote
desabrochados como si el olvido formara parte del uniforme laboral y se hace la sorprendida cuando se encuentra ojos resbalándole por el
canal del pecado.
Es insultántemente guapa pero no brilla. Una mujer sin brillo por mucha belleza que tenga, no es más que carne sutilmente ubicada en en lugar idóneo.
Nada más.
El brillo se reconoce en el primer vistazo, si el corazón acelera y la mente inventa, de golpe, se hace la luz.

La primera vez que vi a Carmen bostezé, luego pedí un café mirándole las tetas como si fueran uno de esos acantilados que hay en las postales y seguidamente escribí "a la mujer más plana del mundo".
Es mi manera de joder al ego. Follar sin placer con hojas en blanco.

Por las mañanas trabajaba,como la mayoria, donde las personas de allí se gastaban en unos zapatos mi sueldo anual.
Gente que te hablaba de tú, que jamás daban los buenos días y odiaban que un simple trabajador los mirara a los ojos. Gente por la que no me
hubiera importado convertirme en asesino en serie y copar las portadas de los periódicos del país.

El asesino de la capucha ataca de nuevo.

Me gustaría tanto que alguien temblara por mí, que ni siquiera me importaría que fuera por miedo.

Allí en aquellos jadines interminables fue donde la conocí, siempre había pensado que al amor de mi vida lo conocería con un mar de fondo,
pero ella quiso contradecir mis fantasías desde el primer momento.

Chispeaba, llevaba un paraguas naranja, el pelo suelto y unas botas altas de esas que hacen sumisos a los hombres.
Fue increible lo que hizo con el gris del cielo cuando sonrío.
Imposible lo que consiguió con el aire cuando con dos dedos se colocó el pelo del otro lado.
Impensable lo que logró con mi latir.

La flor más hermosa de todas y eso que las había visto muchas, era capaz de caminar, respirar y conseguir que yo, me echara perfume todas las mañanas
por si el azar otra vez la colocaba en mi camino.

Pero supongo que esto ya es otra historia.

O no.

No hay comentarios: