Yo que amé del sol
su rayo más rubio
y tuve mi jarra de agua
tan clara como el dos
o el cuatro, tan clara
como el seis o el ocho,
yo que fui ciclán y poeta
silvestre y enamorado,
político y moralista
que al perro llamaba perro
y al hombre injuticia,
yo que fui el más cuerdo
de los hombres que huelen
a lata de crveza
y
ahra,
ahora voy por las calles
sin amor ni herradura,
más oscro que el uno
y el tres y el siete,
más errado que la muerte,
tan confuso que no acierto
siquiera al teclear las letras
y alugnas se me olivdan
o se par ten o di vi den
o camiban de lug r s
o desap rec n...
miércoles, 26 de febrero de 2014
martes, 25 de febrero de 2014
Mientras duermes.
Duerme,
parece como muerta y solo duerme,
apenas se la oye respirar,
casi como un suspiro, aún más leve,
como brisa de mar pero en caliente
tragar el mismo aire que ella suelta
se parece a besarla sin el beso.
Duerme,
apenas se ha movido en estas horas,
un giro inesperado a media noche,
más culpa del calor que ella desprende
que de la dulce inercia de su espalda.
Parece como muerta y solo duerme,
tan bella como siempre por ejemplo,
igual que cuando baila o cuando miente,
cuando rompe mi cintura en el pasillo,
igual que cuando ríe o cuando odia,
cuando queda desnuda en la penumbra,
cuando sale vestida por la puerta,
igual que cuando llora o cuando canta
o me invita a otra fiesta entre sus piernas.
Su cabello en la almohada como un charco,
sus manos alejadas de su rostro,
su pecho izquierdo buscando la salida
de un pijama al que le faltan dos botones
y le sobran unos cuantos todavía.
Duerme,
se traga toda la oscuridad de este cuarto,
parece iluminada por un foco,
parece un foco iluminando la noche,
luna creciente que se cuelga en mis retinas,
que mengua cada vez que parpadeo
o llena cada vez que hallo el vacío.
Duerme,
ya casi son las nueve y el reloj,
hará que su bostezo me despeine,
su aliento de verano me consuma,
sus dedos afilados me perviertan
dirá sus buenos días y con un beso
hará cumplir con creces sus palabras.
Se mueve en el tic tac muy suavemente,
sus ojos son columpios de jardín,
su boca el tobogán de mis sonrisas,
despierta sutilmente, ya no duerme
y yo sigo soñando.
apenas se la oye respirar,
casi como un suspiro, aún más leve,
como brisa de mar pero en caliente
tragar el mismo aire que ella suelta
se parece a besarla sin el beso.
Duerme,
apenas se ha movido en estas horas,
un giro inesperado a media noche,
más culpa del calor que ella desprende
que de la dulce inercia de su espalda.
Parece como muerta y solo duerme,
tan bella como siempre por ejemplo,
igual que cuando baila o cuando miente,
cuando rompe mi cintura en el pasillo,
igual que cuando ríe o cuando odia,
cuando queda desnuda en la penumbra,
cuando sale vestida por la puerta,
igual que cuando llora o cuando canta
o me invita a otra fiesta entre sus piernas.
Su cabello en la almohada como un charco,
sus manos alejadas de su rostro,
su pecho izquierdo buscando la salida
de un pijama al que le faltan dos botones
y le sobran unos cuantos todavía.
Duerme,
se traga toda la oscuridad de este cuarto,
parece iluminada por un foco,
parece un foco iluminando la noche,
luna creciente que se cuelga en mis retinas,
que mengua cada vez que parpadeo
o llena cada vez que hallo el vacío.
Duerme,
ya casi son las nueve y el reloj,
hará que su bostezo me despeine,
su aliento de verano me consuma,
sus dedos afilados me perviertan
dirá sus buenos días y con un beso
hará cumplir con creces sus palabras.
Se mueve en el tic tac muy suavemente,
sus ojos son columpios de jardín,
su boca el tobogán de mis sonrisas,
despierta sutilmente, ya no duerme
y yo sigo soñando.
domingo, 16 de febrero de 2014
Un día que pareció un invierno.
No recuerdo un invierno tan frío como este desde que te fuiste.
En realidad, no recuerdo otro invierno.
A veces incluso en pleno Febrero,
con el sol golpeándome en la nuca
dudo haber salido de él.
Memoria selectiva se llama.
Como si pudieras seleccionar todo aquello que deseas olvidar.
Supongo que en mi caso yo,
debía estar anestesiado o dormido
el día que mis neuronas me hicieron el cuestionario.
De otro modo está claro,
que en el cuadrado que acompañaba tu nombre
hubiera marcado olvido con una X gigante.
Y ahora no tendría en la memoria tu boca de viernes,
el olor de tu piel después del baño,
el aroma del baño después de tu piel.
Ni tus manos buscando en el cajón de mis suspiros,
ni mis suspiros buscando tus manos por los cajones.
Tampoco tu sonrisa perfecta los días de lluvia,
ni tu lluvia de sonrisas en los días perfectos.
Ni tu culo eclipsando estrellas en la terraza,
ni la terraza esperando los eclipses de tu culo.
No recordaría aquel verano,
que la arena era un incendio por tu culpa
que en tu caminar despacio por la orilla
las olas se peleaban por besarte los pies
y aquel subir de marea repentino
para oír que después de un beso
siempre nos quedaba el para siempre.
Sería tan sencillo olvidarte si fuera una elección.
Como elegir el color de las paredes,
o la canción para dormirse,
si este taxi,
aquella chica,
o esa nube.
Y más ahora que buscas un hijo
para volver al érase una vez y que te crean,
que emigran los pájaros perversos de tu tendedero por falta de emociones.
Ahora que nadie sueña con pedirte presupuesto tras las esquinas,
que la niña de tu escote hace preguntas
que silencias con un chaleco de cuello alto.
Para ti este invierno también pasará de largo.
Tal vez ni siquiera el frío se atreva
a erizarte la piel sin tu permiso.
No habrá grises que confundas con tristezas
ni truenos que te suenen a mi nombre.
Yo mientras tanto estaré marcando X sobre el escritorio azul
en otro cualquiera de mis ataques de nostalgia,
invitando a la amnesia a tres copas y un verso,
poniéndole insomnio de nombre
a los hijos que se nos quedaron en promesas.
Y será invierno también cuando termine este invierno.
Pero un día y a eso agarro toda la esperanza
no se cuando, ni me resulta necesario,
el mar volverá a preguntarte por mí
y tú que siempre tuviste claras todas las respuestas
esta vez, no sabrás que contestar.
En realidad, no recuerdo otro invierno.
A veces incluso en pleno Febrero,
con el sol golpeándome en la nuca
dudo haber salido de él.
Memoria selectiva se llama.
Como si pudieras seleccionar todo aquello que deseas olvidar.
Supongo que en mi caso yo,
debía estar anestesiado o dormido
el día que mis neuronas me hicieron el cuestionario.
De otro modo está claro,
que en el cuadrado que acompañaba tu nombre
hubiera marcado olvido con una X gigante.
Y ahora no tendría en la memoria tu boca de viernes,
el olor de tu piel después del baño,
el aroma del baño después de tu piel.
Ni tus manos buscando en el cajón de mis suspiros,
ni mis suspiros buscando tus manos por los cajones.
Tampoco tu sonrisa perfecta los días de lluvia,
ni tu lluvia de sonrisas en los días perfectos.
Ni tu culo eclipsando estrellas en la terraza,
ni la terraza esperando los eclipses de tu culo.
No recordaría aquel verano,
que la arena era un incendio por tu culpa
que en tu caminar despacio por la orilla
las olas se peleaban por besarte los pies
y aquel subir de marea repentino
para oír que después de un beso
siempre nos quedaba el para siempre.
Sería tan sencillo olvidarte si fuera una elección.
Como elegir el color de las paredes,
o la canción para dormirse,
si este taxi,
aquella chica,
o esa nube.
Y más ahora que buscas un hijo
para volver al érase una vez y que te crean,
que emigran los pájaros perversos de tu tendedero por falta de emociones.
Ahora que nadie sueña con pedirte presupuesto tras las esquinas,
que la niña de tu escote hace preguntas
que silencias con un chaleco de cuello alto.
Para ti este invierno también pasará de largo.
Tal vez ni siquiera el frío se atreva
a erizarte la piel sin tu permiso.
No habrá grises que confundas con tristezas
ni truenos que te suenen a mi nombre.
Yo mientras tanto estaré marcando X sobre el escritorio azul
en otro cualquiera de mis ataques de nostalgia,
invitando a la amnesia a tres copas y un verso,
poniéndole insomnio de nombre
a los hijos que se nos quedaron en promesas.
Y será invierno también cuando termine este invierno.
Pero un día y a eso agarro toda la esperanza
no se cuando, ni me resulta necesario,
el mar volverá a preguntarte por mí
y tú que siempre tuviste claras todas las respuestas
esta vez, no sabrás que contestar.
jueves, 13 de febrero de 2014
Canción de ensueño
MIm SOL
Fuiste tu, tu que la dejaste ir
RE
y comprendiste la felicidad
LAm
no es otra cosa mas que compartir
DO
ahora que haremos con todo este mar
SOL
que nos inunda sin una razón...
MIm SOL
fue así como la tarde nos abandono
RE
todo de gris ahora se torno
LAm
tu corazón no volvió latir
DO
la caja de música se rompió
SOL
Fuiste tu, tu que la dejaste ir
RE
y comprendiste la felicidad
LAm
no es otra cosa mas que compartir
DO
ahora que haremos con todo este mar
SOL
que nos inunda sin una razón...
MIm SOL
fue así como la tarde nos abandono
RE
todo de gris ahora se torno
LAm
tu corazón no volvió latir
DO
la caja de música se rompió
SOL
y nunca mas volviste a brillar
MIm SOL
ella fue así un arcoiris una bendición
RE
su color todo lo alcanzo
LAm
inundo tu alma y tu corazón
DO
solo quería un poco de tu amor
SOL
una sonrisa tal vez una amistad
(aquí podría venir algo para que no sea tan plana)
MIm SOL
y fue así una mirada solo caminar
RE
una alegría y una pequeña flor
LAm
una canción escrita al dormir
DO
un despertar para escuchar su voz
SOL
para así volver a soñar
MIm SOL
y es así como termina esta canción
RE
que en un sueño se acerco
LAm
te recordó cuan linda es la amistad
DO
y ahora puedes volver a soñar
SOL
con su arcoiris y su corazón
miércoles, 12 de febrero de 2014
Abejas
Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,
sus alas nerviosas como un tren eléctrico,
y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,
amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo
ahora que te ha dejado,
lo tienes merecido, a quién se le ocurre
enamorarse de la abeja reina,
te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decirle
qué espanto de amor, y qué grande.
.
y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,
amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo
ahora que te ha dejado,
lo tienes merecido, a quién se le ocurre
enamorarse de la abeja reina,
te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decirle
qué espanto de amor, y qué grande.
.
martes, 11 de febrero de 2014
¿Para qué necesita conocerme?
Afortunadamente, aún no he aprendido nada de mí.
Existe un tipo que me ha puesto nombre, Oscar o KP (da igual en verdad),
y va escribiendo poemas en que trata de explicarme,
y me toma la temperatura, y me tira la plomada,
y me parte en celdillas, y va anotando sin margen de error
mis metros exactos de alegría o los gramos de mi tristeza,
sin olvidarse las marcas de petunia y notas a pie de página,
y es admirable su trabajo y es asombroso su trabajo
y en verdad es magnífico y loable su trabajo pero...
es inútil.
Pobrecito.
Pretende conocerme,
pero toda su herramienta de explorador se reduce
a un triste y viejo alfabeto de veintiséis letras.
Y además,
aunque pudiera,
¿Para qué necesita conocerme?
¿Cuánto de felicidad encuentra en conocerme?
¿Por qué no trata de besar a las mujeres sin escribirlas,
de caminar por los senderos sin numerarlos,
de mirar las gotas de lluvia sin registrarlas,
por qué no disfruta sencilla y simplemente
del soberbio disparate del mundo, por qué?
.
Existe un tipo que me ha puesto nombre, Oscar o KP (da igual en verdad),
y va escribiendo poemas en que trata de explicarme,
y me toma la temperatura, y me tira la plomada,
y me parte en celdillas, y va anotando sin margen de error
mis metros exactos de alegría o los gramos de mi tristeza,
sin olvidarse las marcas de petunia y notas a pie de página,
y es admirable su trabajo y es asombroso su trabajo
y en verdad es magnífico y loable su trabajo pero...
es inútil.
Pobrecito.
Pretende conocerme,
pero toda su herramienta de explorador se reduce
a un triste y viejo alfabeto de veintiséis letras.
Y además,
aunque pudiera,
¿Para qué necesita conocerme?
¿Cuánto de felicidad encuentra en conocerme?
¿Por qué no trata de besar a las mujeres sin escribirlas,
de caminar por los senderos sin numerarlos,
de mirar las gotas de lluvia sin registrarlas,
por qué no disfruta sencilla y simplemente
del soberbio disparate del mundo, por qué?
.
De tréboles, grillos y manzanas verdes.
La primera ocasión en que noté que las personas de algunas comunas como Ñuñoa, providencia, o algún lugar del barrio alto, aunque tienen los ojos justo en la parte de los ojos, la nariz en el lugar de la nariz y las orejas en las orejas, eran personas tan diferentes a nosotros como los caballos y las cebras o los cerdos a los jabalíes, fue cuando Rubén consiguió ser el más popular de la clase el día en que llegó al colegio con un trébol de cuatro hojas.
–Qué tontería –le dije yo–. Si quieres, mañana vengo con diez.
–Cállate, envidioso.
–¿Que te apuesto?.
Se piensan los de ciudad que un trébol de cuatro hojas es difícil de conseguir y hasta lo consideran una señal de buena suerte, pero qué suerte ni qué nada si los hay a miles en las parques. Por eso, cuando al día siguiente me presenté en mi colegio con veinte tréboles de cuatro hojas, mis compañeros abrieron mucho los ojos y alucinaron cuando vieron que traía dos aún más especiales:
–¡No puede ser! ¡Dos tréboles de cinco hojas!
El impacto que causaron mis tréboles de cinco hojas eclipsó a los otros veinte y, luego de que se demostrara que eran reales y no había pegado sus hojas con stic fix, como me acusaron al principio los más suspicaces, propiciaron que pudiera hacer uno de mis discursos jactanciosos, pues la gente de ciudad sólo sabe de aparatos con botones y del resto hay que andar siempre explicándoles todo. Rodeado por un enjambre de compañeros, expuse triunfal que en los alrededores de Rancagua y de otros lugares había pastizales llenos de tréboles, miles y millones de tréboles, y aunque el 95% de ellos eran de tres hojas, bastaban unos cuantos minutos de búsqueda para encontrar alguno de cuatro, y se podía encontrar alguno de cinco si uno tenía paciencia para mirar durante unas horas entre aquella marabunta de tréboles.
–Entonces..., en donde vives todos tienen mucha suerte...
–No, –contesté–, porque donde vivo los tréboles de cuatro hojas son más comunes que las abejas y la verdadera suerte es encontrar un trébol de seis hojas.
–¿De seis? ¿Existen los tréboles de seis?
–Yo nunca me he encontrado ninguno, pero mi hermana se pasa tardes enteras mirando tréboles y ya ha encontrado dos que tiene guardados en un libro.
Ahí me di cuenta de que uno de los defectos de la gente de ciudad es que no tienen paciencia para nada. Van a toda velocidad y todo tiene que ser ya. Si encuentran un trébol de cuatro hojas, se dan por satisfechos y no avanzan hacia el más difícil de los tréboles de cinco o hasta seis hojas. De esto pude darme cuenta de nuevo cuando comenzó la temporada de grillos y la mayoría de mis compañeros, que en su mayoría procedían de Ñuñoa y Providencia, se lanzaron a cazarlos en el arbusto que existía al lado del colegio, que en primavera se inundaba de sus cantos.
Para coger un grillo basta con observar las costumbres del grillo y procurar que no se meta de culo en su madriguera, pues si lo hace ya puedes llamar al ejército porque lo tienes casi imposible. Ocurre eso por una razón elemental: si el grillo comienza a salir de su escondrijo con los ojos hacia el exterior y ve que allí está un renacuajo humano de siete a diez años esperándole, lo habitual es que cambie de opinión y se vuelva por donde salía. Este detalle no parecía entrar en la cabeza de mis compañeros, que recurrían a diversos métodos, desde el más fino de la pajita de hierba hasta los más brutos de inundar de agua los agujeros o venir con un palo o con una pala a destruir la madriguera. En la mayor parte de los casos no conseguían nada y sólo en algunos conseguían algún “trozo”:
–Mira qué grillo he cogido, Alberto.
–Pero si tiene las alas rotas y sólo tiene una pata.
–Bah, no importa.
Les arrancan las patas, les aplastan las alas, los ahogan, pisotean sus agujeros, los parten, arruinan sus casas: de las barbaridades que hacen los niños con los grillos podría escribir un capítulo entero y aún hoy me sorprendo de que haya personas que sigan sosteniendo que los niños son mejores personas que los mayores, opinión que sólo se puede sostener si uno se ha olvidado de sus tiempos de niño o nació con cuarenta años de edad. En lo que a mí respecta, las cazas de grillos de mi infancia las recuerdo como un espectáculo de crueldad ignorante, y la razón por la que no voy a exponer en este cuento la manera efectiva y respetuosa por la cual se pueden coger diez o quince grillos en una tarde sin necesidad de lastimar al insecto ni a su escondrijo, es porque a la hora en que escribo esto tengo 29 años y mi opinión actual es que la única manera “respetuosa” de cazar un grillo es no cazarlo. No vaya a ser que este cuento caiga en manos de un niño de ciudad y aprenda lo que por sí mismo no aprenderá en su vida, esto es: que para coger un grillo basta con ponerse a pensar como un grillo.
Con estos sucedidos de tréboles y de grillos comencé a fortalecer mis reticencias hacia las gentes urbanas, reticencias que venían precedidas por las enseñanzas de mi padre y de mi tío, habitualmente reluctantes a la “gente de por alla”, pues así llamaban a cualquier influencia que viniera de la ciudad, fuente para ellos de todo esnobismo, corrupción y tontería. Pero el suceso que más me marcó contra los urbanitas fue el de la manzana verde de mi prima Ángeles, cuando mi tío me llevó a una comida familiar en La florida.
Aquella era la primera vez que entraba a un edificio: la primera vez que subí en ascensor o me senté en un sofá de cuero. Todo era nuevo para mí. Parecía todo más limpio, más ordenado, más intencionalmente bonito. ¡Y cuántos espejos por todas partes! Comí como un gladiador romano, pero a la hora del postre, mi prima, que compartía mesa con nosotros, dividió su manzana en dos y dijo:
–Esta mitad la dejo para la noche.
Quedé muy impresionado. En mi casa nunca había visto algo semejante. Cuando volví lo conté:
–¡No digas tonterías! –decía mi madre.
–Que sí, mama. Se comió una mitad y la otra la dejó para la noche.
–Bah, estaría golpeada o tendría bichos.
–Que no, estaba perfecta.
–Pues estará haciendo dieta. Esa gente es muy fina.
–Pero si está delgadísima.
Fue la primera vez que oí pronunciar la palabra dieta. Más tarde fui descubriendo que, al otro lado del monte, en la ciudad, existían personas con unos problemas diferentes a los nuestros, algunas de las cuales estaban obsesionadas con su imagen o acudían a médicos de la cabeza porque padecían un tipo de enfermedades, estrés, depresión, bulimia, anorexia, que entonces no lograba comprender.
Aquellas gentes de asfalto que vivían en casas amontonadas eran distintas, pensé. No me daban buena espina: ¿cómo amistarse con personas que se entusiasman al encontrar algo tan ordinario como un trébol de solo cuatro hojas, habiéndolos de cinco o de seis? ¿Cómo creer en gente que celebra la caza de un grillo a pesar de haberle amputado varios de sus miembros? ¿Cómo fiarse de personas que no son capaces de comerse una manzana verde entera?
Y yo aquí, sigo sin fiarme de ellas.
–Qué tontería –le dije yo–. Si quieres, mañana vengo con diez.
–Cállate, envidioso.
–¿Que te apuesto?.
Se piensan los de ciudad que un trébol de cuatro hojas es difícil de conseguir y hasta lo consideran una señal de buena suerte, pero qué suerte ni qué nada si los hay a miles en las parques. Por eso, cuando al día siguiente me presenté en mi colegio con veinte tréboles de cuatro hojas, mis compañeros abrieron mucho los ojos y alucinaron cuando vieron que traía dos aún más especiales:
–¡No puede ser! ¡Dos tréboles de cinco hojas!
El impacto que causaron mis tréboles de cinco hojas eclipsó a los otros veinte y, luego de que se demostrara que eran reales y no había pegado sus hojas con stic fix, como me acusaron al principio los más suspicaces, propiciaron que pudiera hacer uno de mis discursos jactanciosos, pues la gente de ciudad sólo sabe de aparatos con botones y del resto hay que andar siempre explicándoles todo. Rodeado por un enjambre de compañeros, expuse triunfal que en los alrededores de Rancagua y de otros lugares había pastizales llenos de tréboles, miles y millones de tréboles, y aunque el 95% de ellos eran de tres hojas, bastaban unos cuantos minutos de búsqueda para encontrar alguno de cuatro, y se podía encontrar alguno de cinco si uno tenía paciencia para mirar durante unas horas entre aquella marabunta de tréboles.
–Entonces..., en donde vives todos tienen mucha suerte...
–No, –contesté–, porque donde vivo los tréboles de cuatro hojas son más comunes que las abejas y la verdadera suerte es encontrar un trébol de seis hojas.
–¿De seis? ¿Existen los tréboles de seis?
–Yo nunca me he encontrado ninguno, pero mi hermana se pasa tardes enteras mirando tréboles y ya ha encontrado dos que tiene guardados en un libro.
Ahí me di cuenta de que uno de los defectos de la gente de ciudad es que no tienen paciencia para nada. Van a toda velocidad y todo tiene que ser ya. Si encuentran un trébol de cuatro hojas, se dan por satisfechos y no avanzan hacia el más difícil de los tréboles de cinco o hasta seis hojas. De esto pude darme cuenta de nuevo cuando comenzó la temporada de grillos y la mayoría de mis compañeros, que en su mayoría procedían de Ñuñoa y Providencia, se lanzaron a cazarlos en el arbusto que existía al lado del colegio, que en primavera se inundaba de sus cantos.
Para coger un grillo basta con observar las costumbres del grillo y procurar que no se meta de culo en su madriguera, pues si lo hace ya puedes llamar al ejército porque lo tienes casi imposible. Ocurre eso por una razón elemental: si el grillo comienza a salir de su escondrijo con los ojos hacia el exterior y ve que allí está un renacuajo humano de siete a diez años esperándole, lo habitual es que cambie de opinión y se vuelva por donde salía. Este detalle no parecía entrar en la cabeza de mis compañeros, que recurrían a diversos métodos, desde el más fino de la pajita de hierba hasta los más brutos de inundar de agua los agujeros o venir con un palo o con una pala a destruir la madriguera. En la mayor parte de los casos no conseguían nada y sólo en algunos conseguían algún “trozo”:
–Mira qué grillo he cogido, Alberto.
–Pero si tiene las alas rotas y sólo tiene una pata.
–Bah, no importa.
Les arrancan las patas, les aplastan las alas, los ahogan, pisotean sus agujeros, los parten, arruinan sus casas: de las barbaridades que hacen los niños con los grillos podría escribir un capítulo entero y aún hoy me sorprendo de que haya personas que sigan sosteniendo que los niños son mejores personas que los mayores, opinión que sólo se puede sostener si uno se ha olvidado de sus tiempos de niño o nació con cuarenta años de edad. En lo que a mí respecta, las cazas de grillos de mi infancia las recuerdo como un espectáculo de crueldad ignorante, y la razón por la que no voy a exponer en este cuento la manera efectiva y respetuosa por la cual se pueden coger diez o quince grillos en una tarde sin necesidad de lastimar al insecto ni a su escondrijo, es porque a la hora en que escribo esto tengo 29 años y mi opinión actual es que la única manera “respetuosa” de cazar un grillo es no cazarlo. No vaya a ser que este cuento caiga en manos de un niño de ciudad y aprenda lo que por sí mismo no aprenderá en su vida, esto es: que para coger un grillo basta con ponerse a pensar como un grillo.
Con estos sucedidos de tréboles y de grillos comencé a fortalecer mis reticencias hacia las gentes urbanas, reticencias que venían precedidas por las enseñanzas de mi padre y de mi tío, habitualmente reluctantes a la “gente de por alla”, pues así llamaban a cualquier influencia que viniera de la ciudad, fuente para ellos de todo esnobismo, corrupción y tontería. Pero el suceso que más me marcó contra los urbanitas fue el de la manzana verde de mi prima Ángeles, cuando mi tío me llevó a una comida familiar en La florida.
Aquella era la primera vez que entraba a un edificio: la primera vez que subí en ascensor o me senté en un sofá de cuero. Todo era nuevo para mí. Parecía todo más limpio, más ordenado, más intencionalmente bonito. ¡Y cuántos espejos por todas partes! Comí como un gladiador romano, pero a la hora del postre, mi prima, que compartía mesa con nosotros, dividió su manzana en dos y dijo:
–Esta mitad la dejo para la noche.
Quedé muy impresionado. En mi casa nunca había visto algo semejante. Cuando volví lo conté:
–¡No digas tonterías! –decía mi madre.
–Que sí, mama. Se comió una mitad y la otra la dejó para la noche.
–Bah, estaría golpeada o tendría bichos.
–Que no, estaba perfecta.
–Pues estará haciendo dieta. Esa gente es muy fina.
–Pero si está delgadísima.
Fue la primera vez que oí pronunciar la palabra dieta. Más tarde fui descubriendo que, al otro lado del monte, en la ciudad, existían personas con unos problemas diferentes a los nuestros, algunas de las cuales estaban obsesionadas con su imagen o acudían a médicos de la cabeza porque padecían un tipo de enfermedades, estrés, depresión, bulimia, anorexia, que entonces no lograba comprender.
Aquellas gentes de asfalto que vivían en casas amontonadas eran distintas, pensé. No me daban buena espina: ¿cómo amistarse con personas que se entusiasman al encontrar algo tan ordinario como un trébol de solo cuatro hojas, habiéndolos de cinco o de seis? ¿Cómo creer en gente que celebra la caza de un grillo a pesar de haberle amputado varios de sus miembros? ¿Cómo fiarse de personas que no son capaces de comerse una manzana verde entera?
Y yo aquí, sigo sin fiarme de ellas.
viernes, 7 de febrero de 2014
Si no puedo contarlo no quiero amarla,
Escribo sin querer y porque a ella le da la gana. No sufro ni trabajo, tan solo abro el cuaderno y las natalias que guarda mi mente, con pelo corto o pelo largo, van saltando a las hojas con las manos limpias y se ponen solas en las líneas, una a una, mientras fuman fuerte o tararean canciones. Qué espectáculo verlas correteando por el papel mientras se van probando las letras, la natalia de allá una hache, la de acá una uve, la del medio una zeta, la del fondo gritando, chicas, queda media hora, salimos en el blog a las 9:30, la entrada se llamará Si no puedo contarlo no quiero amarla, estan avisadas.
Basta con enamorarme para que la amada me escriba todo y me sea todo, lo mismo la rana y la princesa, el hangar y el avión, el atril y el poema. Solo perseguí a esta chica porque me parecía la mejor, la hembra de mayor, la jefa de la manada. Y eso debe saberse. Que se sepa, que se sepa. Nada de quererla en secreto o amarla sin decirla. ¿Quieres que sea feliz en la sombra, sin tambores ni cablegramas? ¿Que sea humilde, de verdad humilde y qué asco humilde? No, lo siento. Yo no he estudiado de eso. No concibo a Natalia sin festejarla. Si no puedo presumir no quiero vivirla. Si no puedo contarlo no quiero amarla.
Pd: deberia estar trabajando ahora, pero las letras me atraparon.
jueves, 6 de febrero de 2014
Una mujer.
Sé muy bien que mi historia
es la historia del niño que miraba tanto al cielo
que al final se le puso cara de nube,
y que la mujer que me ame
deberá martillar mil veces en el vacío
para acertar una sola vez en mi clavo,
pero dejame pedir este te quiero,
perdón por la tontería,
una mujer es mi requiero, mujer con agua ardiente o tridente
o vino blanco.
Una mujer con ojos antiniebla. Quiero.
Una mujer que me sonría cuando descubra el cofre vacío
de mi tesoro.
Una mujer soleada y sin airbag para besarla transparente
en los suburbios.
Una mujer con el alma impura y la piel impura y la cabeza
llena de calcetines huachos.
Una mujer para decirte, Sofía (si te llamaras Sofía),
solo soy una nuez, pero si te atreves a partir esta nuez
hallarás dentro galeones y grúas y muchos elefantes.
Juntos patentaremos una nueva versión de lluvia.
Crearemos las pilas eternas para los Amores
Descomunales.
Tendremos un hijo lunático y ajedrecista que fabricará bolas
de palabras y destruirá el Bank of America.
Seremos como turistas comiendo melón en el cine,
y la gente nos señalará indignada:
“Miren a esos, no hay derecho, ¡se están amando
en pleno miércoles!”.
Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres que me nieguen el chocolate
de estrellas,
o mujeres que miren el suelo con bolas de cicuta
para que los koalas alegres de Lucifer
no se atrevan a revolcarse.
No quiero mujeres que respeten la apertura de sonrisa
fijada por el gobierno,
o mujeres con paraguas que parezcan paraguas
que llevan mujeres.
Una mujer con pulgones. Quiero.
Una mujer con erratas de luna para amarla en picado a pesar
de sus virtudes.
Una mujer para acariciarle las mejillas
y dejárselas llenas de colas de lagarto.
Una mujer cuyas pisadas no dejen huellas en la nieve,
solo en los tétanos de mi corazón silvestre.
Una mujer para decirte, Raquel, (si te llamaras Raquel),
los ocasos que conoces son meras uñas de ratones:
los que yo te enseñaré serán leones enteros.
Juntos robaremos a mano desarmada una violeta salvaje y la
llevaremos en la boca con la divisa
AMARNOS SIN DEBERNOS.
Criaremos caballos musicales cuyo galope sincronizado
será el nuevo rock de Occidente.
Crearemos una nueva receta de beso con más de veinte
ingredientes distintos, y la gente dirá:
“¿Una receta mágica de beso? ¿Pero qué
sentido…?”.
Perdón por la tontería,
pero no quiero mujeres tan rectas que pongan comida
matadelfines en los desagües,
o tan serias que necesite comprarme una pértiga para saltar
la valla de sus cejas.
No quiero mujeres que no coman aceitunas por si el cáncer
de mama,
o no vean baloncesto por si la prórroga, o no beban cerveza
por si el embarazo.
Una mujer con algo de anaconda. Quiero.
Una mujer como un potrero para manosearla sobre
paisajes de Chagall tigreados.
Una mujer que no sea túnel sino puente, que no sea cebolla
sino naranja, que no sea triste y versitriste
sino alegrista y en parapente.
Una mujer tan kilimanjara que necesite dos sherpas y un
vaso de whisky para llegar del bajo de su carne
a la cima con puma de su alma.
Una mujer para decirte, Natalia (si te llamaras Natalia),
si escribo versos es porque no sé escribir aviones:
mis poemas son mi pequeña forma de acariciarte.
Una mujer que me quiera por mi falta de simetría.
PD: cualquier alusión a Natalia, es completamente apropósito
PD: Es lo mas bonito del año.
PD: Estoy muy feliz
PD: X q yo soy la musa y soy hetmosa (NATY)
lunes, 3 de febrero de 2014
fragmentos y frases en: no se me ocurre que escribir
Mi olfato no me engaña:
la amistad con una chica
huele a naranjas recién peladas.
En aquel tiempo,
entre partida y partida de cartas,
le dediqué el primer poema
y me hice una paja sonriente
mientras pensaba en ella.
Más tarde,
no sé por qué ni cuándo,
todos los poemas
comenzaron a ser para ella
y todas las pajas para ella
y toda mi mente para ella.
Fue cuando mi olfato empezó a dudar:
aquello se pasaba de naranjas.
La amo cuando está
demasiado lejos
o demasiado cerca;
las distancias medias
solo sirven para amores a medias
y nosotros amamos al límite:
aquí se juega a trueno
o se juega a nada.
Y va y me dice
que uno solo de mis besos
le hace olvidar las ocho horas.
(Pero un beso pide otro,
y el segundo ya no es lo mismo).
Fue nuestro amor como la pasión de un búfalo
por un tren de alta velocidad,
tú descarrilada, yo desbufalado.
la amistad con una chica
huele a naranjas recién peladas.
En aquel tiempo,
entre partida y partida de cartas,
le dediqué el primer poema
y me hice una paja sonriente
mientras pensaba en ella.
Más tarde,
no sé por qué ni cuándo,
todos los poemas
comenzaron a ser para ella
y todas las pajas para ella
y toda mi mente para ella.
Fue cuando mi olfato empezó a dudar:
aquello se pasaba de naranjas.
no sé de que estoy hecho, cual sera el material.
pero por mas derrotas que sufra, siempre salgo a la calle pensando:
hoy voy a ganar yo.
La amo cuando está
demasiado lejos
o demasiado cerca;
las distancias medias
solo sirven para amores a medias
y nosotros amamos al límite:
aquí se juega a trueno
o se juega a nada.
He visto los mejores escotes del mundo
en una sola mujer.
He prometido no volver a decir su nombre.
Aunque yo nunca he cumplido una promesa.
Y va y me dice
que uno solo de mis besos
le hace olvidar las ocho horas.
(Pero un beso pide otro,
y el segundo ya no es lo mismo).
Yo me lo busqué.
Sabía perfectamente que era de esa clase de mujeres
de las que no se regresa
y es que contigo el amor no nace erupciona.
por un tren de alta velocidad,
tú descarrilada, yo desbufalado.
Una vez, una sola vez en mi vida me dije te quiero.
En realidad era a ella
pero en aquellos tiempos estábamos tan unidos
que ni sabía diferenciarme.