miércoles, 28 de enero de 2015
soledad
Existe una increíble contradicción dentro de la propia soledad, una fuerza ambivalente que abre y cierra sueños al compás de la psique.
Alejándonos de todo, abrimos un paréntesis dentro de la realidad, un espacio de tiempo donde nada es absoluto, donde la razón se multiplica.
Las dudas llegan y hacen o deshacen todo lo que creíamos dormido,
el mundo se convierte en un pequeño espacio donde el pensamiento toma su lugar privilegiado y ofrece, muchas veces, una “espiritualidad” espontánea.
Las diferencias estriban en la capacidad para entrar y salir de ella, en ser conscientes de esa adicción que produce el sentirse plenamente comprendido, una compleja sencillez que circunda cualquier pensamiento, por pequeño que sea.
La soledad social se traduce en una meditada incomprensión que va provocando poco a poco una ausencia de libertad dañina e irreal, ésta, nutrida emocionalmente, da paso a una introspección tan profunda como estéril, pues va dejando al desaliento comiendo de su propia memoria.
Pero hay otros lugares donde la soledad emerge como oxígeno en medio
del océano consciente, una huida, una búsqueda interior donde posiblemente se encuentra uno de los tesoros más valiosos de la humanidad.
Así, la soledad puede llevar consigo una salvación o una condena, el aire más amable o la más dura contaminación para una mente dispuesta a entregarse por entero.
El ser humano necesita de esa soledad, gracias a ella y a la meditación que sujeta su nombre, existe la vida en común.
Seguramente existe también un equilibrio que sujeta los hilos de la personalidad, algo que no se puede medir pero que inconscientemente presentimos.
Escribir y leer es arrastrar la soledad hasta el lugar exacto, es transformar a la palabra en un puente para tu propio paso, seguro o peligroso, pero abierto para trazar una ruta de ida y vuelta.
Palabra y soledad unidas para mostrarnos el camino del pensamiento útil, el lugar donde enterraron el más preciado tesoro.
jueves, 15 de enero de 2015
los únicos escalofríos dependían del invierno.
Lanzaba las preguntas como si fueran parte de un manual. Como si mirara en una pizarra y las leyera. No hay oficio más aburrido que aquel que exige un patrón. Ella podía innovar, girar, coger curvas apetecibles, acorralarte, llevarte al sonrojo, o a la misma puerta de tu laberinto interior pero se dejaba guiar por la rutina, por la falta absoluta de entusiasmo. Supongo que por eso yo, siempre me saltaba las respuestas básicas, para que ella se saliera del camino que lo hacía todo previsible. Así era ella, era una de esas mujeres con la que convenía ser más el amante, que el marido. Pensé en aquel hombre otra vez, ella agarrada a su brazo y dejé de envidiarlo. Tal vez ya sus tetas dejaron de sorprenderle, su culo de inquietarle, su boca de morderle. Ya estaría adjudicado el lado de la cama, del sofá, de la mesa donde comían. Ya los besos serían más por costumbre que por deseo. Y los únicos escalofríos dependían del invierno. Una persona por la que darías tu vida, a los tres años por ejemplo se puede convertir en una persona por la que la diste y al pensarlo fríamente llegar a la nefasta conclusión, de que el precio ha resultado muy caro. Aún así había momentos como este, en el que al mirarla, tan cerca y a la vez tan inalcanzable, la tentación me ponía un papel imaginario justo en frente de mis ojos "Cinco minutos con ella por el resto de tu vida" y siempre, absolutamente siempre me resultaba un precio justo, incluso si le miraba el escote, demasiado económico.
jueves, 8 de enero de 2015
En blanco
No tengo nada de lo que escribir,
llevo sentado en este folio en blanco
una hora y media.
No ha venido ni una sola chica a decirme hola,
tampoco adiós.
Hay que reconocer que siempre he sido mejor poeta
en las despedidas.
Pero ahora no hay nadie que pueda despedirse de mí,
porque no hay nadie que haya venido a quedarse.
Va a ser difícil escribir este poema.
No me gusta el blanco.
Cierta chica decía que ella se casaría de blanco,
que cuando yo me muriera,
(porque yo era tan buen hombre que me moriría antes que ella)
se vestiría de negro
y que entre nuestra boda y mi muerte
me dejaría siempre escoger el color de sus calzones.
Luego se marchó antes del blanco
y lo dejó todo negro
y el color de sus calzones me importó tanto
como la vida de una mosca en Ucrania.
En fin, que aquí estamos este folio en blanco y yo.
Es domingo. Enero. Y no hace frío.
He visto a Sandra Romain abierta de piernas
en una escena lésbica,
a veces me gustaría ser mujer,
aunque cuando pienso en los hombres
las ganas se me pasan enseguida.
He ido a darle dos besos a mi madre,
he mirado allí un libro que le regale,
va por la misma página desde hace un mes.
Supongo que no lee.
Me ha sugerido que me afeite,
que ninguna mujer va a querer besarme si pincho,
le he dicho que es la moda de ahora.
- ¿No besarte es la moda? Pues está durando mucho hijo.
- La barba mamá, la barba.
Ella ha sonreído y me ha besado.
Como si no fuera mujer.
Ya no está tan blanco este folio.
Aunque no creo que pueda llamarse poema.
Rara vez se llamar a las cosas por su verdadero nombre,
a ella la llamaba risitas,
a mis "amigos" por sus apodos,
al amor sexo,
al sexo placer,
al placer risa,
a la risa como ella
y a ella risitas.
Así sucesivamente.
Y a mí ni siquiera me llaman,
ni yo me nombro
no vaya a ser que responda
alguien al que odio.
Ya ha anochecido,
lo mejor de la tele cabe en un anuncio de colonia,
Charlize se descalza y sube por un telón dorado
ignorando que el futuro es ella misma.
Imagino que huele a despedida.
Y sigo escribiendo.
Alejándome de este blanco que me recuerda
que una vez estuve a punto de casarme
y que ahora no puedo morirme antes que ella
sobre todo porque ella
ya se murió
y de eso por suerte
hace ya muchos versos.
Y demasiados blancos.