jueves, 15 de enero de 2015

los únicos escalofríos dependían del invierno.

Lanzaba las preguntas como si fueran parte de un manual. Como si mirara en una pizarra y las leyera. No hay oficio más aburrido que aquel que exige un patrón. Ella podía innovar, girar, coger curvas apetecibles, acorralarte, llevarte al sonrojo, o a la misma puerta de tu laberinto interior pero se dejaba guiar por la rutina, por la falta absoluta de entusiasmo. Supongo que por eso yo, siempre me saltaba las respuestas básicas, para que ella se saliera del camino que lo hacía todo previsible. Así era ella, era una de esas mujeres con la que convenía ser más el amante, que el marido. Pensé en aquel hombre otra vez, ella agarrada a su brazo y dejé de envidiarlo. Tal vez ya sus tetas dejaron de sorprenderle, su culo de inquietarle, su boca de morderle. Ya estaría adjudicado el lado de la cama, del sofá, de la mesa donde comían. Ya los besos serían más por costumbre que por deseo. Y los únicos escalofríos dependían del invierno. Una persona por la que darías tu vida, a los tres años por ejemplo se puede convertir en una persona por la que la diste y al pensarlo fríamente llegar a la nefasta conclusión, de que el precio ha resultado muy caro. Aún así había momentos como este, en el que al mirarla, tan cerca y a la vez tan inalcanzable, la tentación me ponía un papel imaginario justo en frente de mis ojos "Cinco minutos con ella por el resto de tu vida" y siempre, absolutamente siempre me resultaba un precio justo, incluso si le miraba el escote, demasiado económico.

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