miércoles, 24 de septiembre de 2014

Se va septiembre

Septiembre me llueve a falta de palabras
y yo
que de tanto apretar las muelas
he perdido la sonrisa
lo reflejo en el blanco de mis palmas.

Septiembre es la canción de los columpios al viento
y yo
que aun tengo cenizas, miedos, y oscuridad en los bolsillos pero
aguanto mi temblor
para que nadie nos descubra.

Septiembre es una cachetada que me invita a salir a la vida
y yo
en la incomodidad de mis huesos
exprimo más excusas
de esos libros que usé de escalera
para asomarme al vacío.

Septiembre me va matar uno de estos años
y yo
sigo cruzado de brazos.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Donde un paseo se convirtió en abandono.

No me importa en absoluto que haya pasado por mi lado como si fuera un perro. Yo mismo le he ladrado a la luna alguna noche en la que la echaba de menos y aquella pelota brillante era lo más parecido a tenerla. Siempre le decía que besarla era como encender la luz del mundo. Lo que no sabía en aquel entonces es que no hallar sus labios era como pagar esa factura. Tampoco la hubiera besado, menos de ser consciente de la deuda pero quizás hubiera intentado morir en ellos. Uno a veces habla de la muerte como si pudiera morir más de una vez. Incluso halla metáforas donde dejar de respirar se parece a una resaca. O a despertar y hallar vacío el lado del colchón donde antes olía a vainilla. O si estás caliente te invitas a que unas nalgas prominentes te enseñen en pleno rostro que a veces cuanto más oscuro más aire te sobra. Yo he dicho, casi he proclamado que morí después de ella. Y me imagino que la muerte, la de verdad, se muere de la risa.

Como si fuera un perro. Y debo decir que no es tan humillante. Yo mismo me he colocado a cuatro patas y he aullado a unas piernas que acababan en unos tacones, incluso los he lamido, he sentido el placer de una caricia en la nuca como la recompensa perfecta. He olfateado los rincones más groseros, los menos transitados, los que hablan de humedad en la rotura del silencio de un gemido. Esos donde el amor está de luto y la perversión de moda.

Ha seguido su rumbo. Como quien se avergüenza de su infancia mirando un columpio. Como quien finge no tener suelto ante la esperanzadora mirada de un mendigo. No me he muerto. Tampoco esta vez. Aunque podría hablar de que algo ha crujido en mi pecho. Como si alguien hubiera arrancado de cuajo la bailarina de la cajita de música. Sigue la canción pero se ha acabado el baile. He perseguido su culo hasta que ha encontrado un atajo que aunque no llevaba a ningún sitio en concreto, en su prisa al girar, se podría deducir que había encontrado el olvido.

Como si fuera un perro. De esos que registran en la basura con más falta de cariño que de hambre. Que esperan en el lugar exacto donde un paseo se convirtió en abandono. De esos que ya no mueven la cola para que no confundan simpatía con desesperación.

Ha dejado la nostalgia de otros tiempos pegada en mis zapatos, he caminado hasta pisar todos sus recuerdos y no he hallado más atajo que un bar donde decoran el desamor con un hielo de más.

Y no, no me he muerto. Y en lugar de ladrar, he suspirado.

martes, 9 de septiembre de 2014

Para mi claudia :D II

Es tan bonita,
que no le silban por la calle,
la tararean.

Deberías verla,
la poesía no alcanza su belleza.
Da igual lo que escriba, no la abarca,
no rozo ni siquiera su silueta.

Es como pretender hablar del sol,
poniendo como ejemplo una ampolleta.
Como en un triste charco de domingo,
querer reproducir toda la lluvia.

Deberías verla,
caminar como si en su reloj
siempre sobrasen cinco minutos
y cada paso adelante conllevara un atajo.
Como si el equilibrio estuviera enamorado
de la suela de sus zapatos
y dejara a las cunetas, tras su ausencia,
borrachos de nostalgia y abandono.

(He sido su cuneta muchas veces,
por eso se muy bien de lo que hablo)

Sus manos son pequeñas sin embargo,
le cabe en una palma mi existencia,
sus dedos son diez naúfragos heridos,
la isla es una curva de mi espalda.

Su pelo es casi negro
(y digo casi)
nunca una oscuridad ha brillado tanto,
su boca es casi dulce
(y digo casi)
nunca un adiós me supo tan amargo.

Deberías verla,
sonreír como quien deja de propina un billete grande,
conseguir con la amplitud de su presencia
que también la próxima estrella que muera
lleve su nombre,
sonrojar con tres palabras de ternura
al flaite que me habita aquí en el pecho.

Verla,
floreciendo como una rosa en la terraza,
bailando casi desnuda canciones de la radio,
buscando enfadada las llaves en el bolso,
mi vida en su bolsillo,
la luna en los zapatos.
Quejándose frente al espejo de la mentira de los kilos,
lamiendo la cuchara del helado
hasta pervertir su reflejo y mi memoria.
Reírse,
volver a reírse,
equivocarse de día,
de mes,
de año.
De vida.
Llegar tarde,
que perdón y orgasmo sean sinónimos
y mi nombre un adjetivo.

Deberías verla, en serio,
llorar por la muerte de un oso en el ártico,
salvar a una araña del peso de mi pie,
robarme la almohada cuando ya me he dormido,
volver a la infancia en un solo relámpago
y que un abrazo le baste
para espantar a los monstruos.

Deberías verla,
aunque eso conlleve que después
ya no puedas olvidarla.