No me importa en absoluto que haya pasado por mi lado como si fuera un perro. Yo mismo le he ladrado a la luna alguna noche en la que la echaba de menos y aquella pelota brillante era lo más parecido a tenerla. Siempre le decía que besarla era como encender la luz del mundo. Lo que no sabía en aquel entonces es que no hallar sus labios era como pagar esa factura. Tampoco la hubiera besado, menos de ser consciente de la deuda pero quizás hubiera intentado morir en ellos. Uno a veces habla de la muerte como si pudiera morir más de una vez. Incluso halla metáforas donde dejar de respirar se parece a una resaca. O a despertar y hallar vacío el lado del colchón donde antes olía a vainilla. O si estás caliente te invitas a que unas nalgas prominentes te enseñen en pleno rostro que a veces cuanto más oscuro más aire te sobra. Yo he dicho, casi he proclamado que morí después de ella. Y me imagino que la muerte, la de verdad, se muere de la risa.
Como si fuera un perro. Y debo decir que no es tan humillante. Yo mismo me he colocado a cuatro patas y he aullado a unas piernas que acababan en unos tacones, incluso los he lamido, he sentido el placer de una caricia en la nuca como la recompensa perfecta. He olfateado los rincones más groseros, los menos transitados, los que hablan de humedad en la rotura del silencio de un gemido. Esos donde el amor está de luto y la perversión de moda.
Ha seguido su rumbo. Como quien se avergüenza de su infancia mirando un columpio. Como quien finge no tener suelto ante la esperanzadora mirada de un mendigo. No me he muerto. Tampoco esta vez. Aunque podría hablar de que algo ha crujido en mi pecho. Como si alguien hubiera arrancado de cuajo la bailarina de la cajita de música. Sigue la canción pero se ha acabado el baile. He perseguido su culo hasta que ha encontrado un atajo que aunque no llevaba a ningún sitio en concreto, en su prisa al girar, se podría deducir que había encontrado el olvido.
Como si fuera un perro. De esos que registran en la basura con más falta de cariño que de hambre. Que esperan en el lugar exacto donde un paseo se convirtió en abandono. De esos que ya no mueven la cola para que no confundan simpatía con desesperación.
Ha dejado la nostalgia de otros tiempos pegada en mis zapatos, he caminado hasta pisar todos sus recuerdos y no he hallado más atajo que un bar donde decoran el desamor con un hielo de más.
Y no, no me he muerto. Y en lugar de ladrar, he suspirado.
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