martes, 22 de abril de 2014

En truenos

No sé en qué noche, no se en que luna de amor
se presentó en mi casa con una máquina
para convertir las palabras en truenos.

Aunque ella dice que la inventé yo.

Nuestra máquina convertía las palabras
suaves en truenos, las palabras buenas
en truenos, las palabras de arroz sencillo
y caricias de pan caliente, en truenos.
Si yo decía o quería decir, por ejemplo,
“Eres mi dalia y corola perfecta”,
la máquina volvía esas palabras en
“Eres mi juncia negra y enferma”,
y si ella decía o me quería decir
“Solo tus ojos en mi pentagrama”,
la máquina volvía esas palabras en
“Me satura tu mirada, déjame”.

No se acababan nunca los milagros
de nuestra máquina que convertía
las palabras en truenos. Una máquina
formidable que solo pudo inventar ella.

Aunque ella dice que la inventé yo.

lunes, 21 de abril de 2014

En cuantos?

Ahora que caminas por las calles con rostro de berenjena
y te crees más feliz que una ardilla con vestido de lunares,
y yo estoy solo y te añoro solo y malvivo tan envenenado
que rumio lento y rencoroso cada pelusa de los segundos,
permite que perverso te pregunte en cuántos, 

en cuántos kilómetros de cuerpos tendrás que frotarte
para borrar hasta la última mota insistente de mi recuerdo,
en cuántos bares o callejones sucios te entregarás en serie
mientras la luna te baja despacio la cremallera de tu falda,

con hombres
que ni el tímpano de mí, que ni el cúbito
de mí, con hombres sin vaca de estrellas que ni en un remo de mi canoa,

en cuántos baños torcidos de fiebre te quitarás los calzones
para olvidar las líneas y betunes perdurables de mis manos,
en cuántas playas dejarás que te bronceen la espalda
ante la mirada lasciva de las olas a punto de romperse,

con hombres
que te besarán el labio solo y la lengua sola,
con hombres que te lamerán el clítoris solo
y te penetrarán tan solo,

mientras que yo, niña escorpiona,
yo no besaba solamente lo que va de tu lengua al labio
sino tu muñeca curva de escritora mulata y sobredotada,
yo besaba tu furia de justicia y tus palabras versimotoras,
yo besaba tu huracán de mapas zurdos y zurdas aleaciones,

yo, niña escorpiona,
yo no lamía la mera delicia que sonríe dentro de tu vulva
sino la chica que borracha gritaba rabias y revoluciones,
yo lamía la agitadora que portaba pancartas,
yo lamía tu enredadera y tu grano de anís orgulloso,

en cuántos despachos nocturnos restregarás tu columna
para acallar a golpes la gramola antigua de mis canciones,
en cuántos hostales vacíos ofrecerás tu insensata belleza
para ensuciar con minucia las corbatas que no me puse,

con hombres
que ni el sépalo de mí, que ni mi eslora
ni mi palo de mesana, con hombres
a los que podría aplastar con una metáfora
y que huirán enloquecidos cuando descubran
mis versos,

porque yo, niña escorpiona,
yo no amé tan solo tus espigas de sol
sino también tus espigas de sombra,
yo no amé tus manzanas de Persia
sino de Persia también tus gusanos,

yo, niña escorpiona,
yo sabía mejor que nadie que las mujeres
que vuelan cien aviones más altas
también dañan como cien aviones,

en cuántos pasillos oscuros dejarás tu cuerpo satenado
para extirparme y desaparecerme hasta los raigones,
en cuántos hombros descansarás tus pieles pleamares
para negar lo que te amé y te amaba, lo que te amo,

porque aún te amo, sí,
te sigo amando:
y aún espero como una polilla extraviada
a que me vuelvas a encender la luz
cuando te canses de tus
en cuántos

domingo, 20 de abril de 2014

El amor no me demostró nada.

Si acaso una vena de cartón,
una estatua ventrílocua o una corbata
empujada por el viento, poco más.

El amor no me demostró nada.

Me volvió un gato con revólver,
una cabeza rapada y un cara de desquiciado,
una maceta de lirios vulgares.

Me dejó cara de teléfono, grano
de maíz sombrío, paloma
en alas de muletas.

Me hizo peor.

Del odio no tengo queja. El odio
me vuelve tan calmo y descansado,
apenas lo pruebo como dulces de menta, cuando salgo a la calle con ganas de abrazarte
(sí, me refiero a ti, la de color verde,
no importa que seas una lechuga).

Quedate con el Amor
y las sagradas rosas de pus que luce en el culo,
que yo me quedo con el Odio.

Porque el amor tiene límites y el odio no.
El amor tiene dudas y el odio no.
El amor fracasa y el odio no.
El amor es intenso, yo también
pensaba que era más intenso....

Hasta que probé el odio

jueves, 17 de abril de 2014

Adiós mi viejo amigo.

A MIS doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. 
Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra.

El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?

Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder.

La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas.
Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual.

Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.

No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna.

Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global. La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo.

Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado.

A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: “Parece un faro”. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es la color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso? Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo.  Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas —a las que tanto debemos— lo mucho que tienen para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos.

Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver, ¿y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una? Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas al mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras.

A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ,

¿Sabes cuando tienes una herida y todos los golpes van ahí?

El verdadero problema de estar solo es saber que existes.

¿Sabes cuando tienes una herida
en el dedo por ejemplo
y todos los golpes van ahí?

Pues con mi corazón, lo mismo.

Hasta esta chica desconocida
que pasa ahora como un vendaval por mi lado sin mirarme,
me duele.

Supongo que todo masoquismo empieza en una ausencia.

Abril me cabe en un bolsillo,
es fácil perderlo,
cuando se vaya no me sentiré como idiota.
No me pueden robar lo que no es mío.
Desde que no hallo tu cintura
es como si el mundo me lo hubieran prestado
y estén siempre a punto de exigirme su vuelta.

Como vivir en una deuda infinita
en la que nunca podré pagar
todos los errores.

Se parece a ti la chica de la barra,
quizás menos morena y menos alta,
los ojos más oscuros,
el cabello  más riachuelo que cascada,
las tetas menos juntas y su culo
no parece un columpio en movimiento.
Ahora que lo pienso fríamente,
si comparo tu belleza con la suya,
ni siquiera me parece una mujer.

Esta nostalgia es cruel
como leer el diario
de una hija adolescente.
Como el hilo musical de los centros comerciales
a las diez de la mañana,
o el silencio de una cena familiar.

Intuyo que todo olvido comienza con otro nombre.

Decía con los ojos en mi boca.
- Eres el único hombre que jamás
me ha hablado de otra mujer-
Como si eso me hiciera mejor persona.
Ignorando que cuando me besó
ya nunca hubo otras mujeres,
ni antes, ni después.
Tampoco ahora.

Has reducido sin saberlo mi vida a un folio
en el que me reflejo si no escribo.
Y no hay desamor más grande que la falta de amor propio.

Imagino que aceptar la derrota es el modo más seguro de ganar.

No sabes lo horrible que está la ciudad
sin mirarse en tus ojos.
Es como si le quedaran grandes las fachadas
y pequeñas las casas,
como si hubiera comprado deprisa y en rebajas
los paisajes que la rodean.

Hay quien recuerda y habla de la primavera como si te hubiera conocido.

Me alejo, cuanto más camino,
más me encuentro sin ti,
cuanto más cerca de mi mismo,
más distancia entre nosotros,
cada una de mis huellas,
borra una de tus pisadas.

Se que no puedo olvidarte mientras te busco
y se que no puedo encontrarme si no te olvido.

Lo malo de mi soledad es tu existencia.
Y que ya nunca será lo mismo estar solo,
que estar sin ti.
Y eso no hay corazón que lo soporte.

¿ Sabes cuando tienes una herida
en el dedo por ejemplo
y todos los golpes van ahí?

lunes, 14 de abril de 2014

Luna

No, la luna no estaba más bonita que otras veces,
tampoco parecía más grande,
ni siquiera brillaba más que otro día cualquiera,
simplemente ella, estaba más cerca.
Hay mujeres tan asombrosas que les basta su presencia
para embellecer cualquier paisaje,
hacerlo más intenso,
devorarlo incluso,
por eso cuando se van,
cuando ya no la hallas a la altura de un abrazo,
al suspiro de un beso,
todo te parece horrible.
Hasta la luna.

sábado, 12 de abril de 2014

Cuántas veces caerás y recaerás?

Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores
a las verjas electrificadas de los treinta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a los pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento

jueves, 10 de abril de 2014

Oídos que escuchan, corazón que se resiente

Era conocida en todos los baños,
de todas las discotecas de la ciudad.

Yo la conocí en el jumbo,
en una cola que se me hizo corta.
Tenía un tres por dos en sonrisas
y mi felicidad en oferta.

No follamos hasta el cuarto día.

Parecíamos una postal sobre el amor
paseando abrazados por el parque.

Luego algún "amigo" me dijo de ella que tal,
algún conocido que cual,
incluso gente que no recordaba haber visto antes
se apiadaban sin pudor de mi persona.

Y aunque debí haberlos mandado a todos a la mierda,
prescindí de ella.
Como quien se quita una camisa,
o descarta un camino.

Hace un año que la busco
por todos los baños
de todas las discotecas de la ciudad
y aunque alguna vez he vuelto a verla
ya nunca más ,
ha vuelto a ser ella.

martes, 8 de abril de 2014

Una talla mas.

Se ha visto reflejada en un escaparate donde a la primavera, le han impuesto un curso para decorar esquinas. Piensa que le sobran unos kilos, yo y su báscula nunca nos ponemos de acuerdo. Yo afirmo que un número nunca sabrá más que mis ojos, ella sostiene que mis ojos jamás podrán engañar a un espejo.

La única razón de su heterosexualidad es que aunque se mire bajo mis párpados no logra verse como la veo. De hacerlo ambos estaríamos amando a la misma persona.

Dentro de la tienda los maniquíes juegan al despiste geográfico. La dependienta que fue miss mentira bonita en el último festival de hipocresía sin dejar de sonreír, le acerca un vestido donde la curva se hace metáfora. La observo desnudarse tras la cortina del probador con el mismo asombro que si fuera la primera vez. Se ha colocado la mueca de no estar de acuerdo mientras encoge el vientre y el azul se enamora de su piel.

- Quizás una talla más. Dice la dependienta con voz de madre.

Ella asiente.

Y mientras repite el desnudo rezando por dentro para entrar en ese vestido, yo con la sonrisa puesta ya estoy imaginando el momento de poder quitárselo.