miércoles, 25 de abril de 2012

Hope


Habito en la urgencia de querer a todo instante tenerte a mi lado y no sólo cuando miro y te veo en todas partes o en todo lo que me pongo a hacer.

Habito en la habitacion 402 y en la tenue luz del amanecer mostrandote sentada desnuda en aquella silla de mimbre con el cabello cayendote por un lado y la cascada de tu sonrisa devolviendome a la vida.

Habito en esos impagables silencios tuyos que me traen la tarde feliz de yo mirandote y no parando de hablar mientras me observas sonriente como si siguieras todo lo que digo.

Habito desandando las caricias con que mis manos se empachan de tu cuerpo y en esa dulce sensacion de haberte esculpido porque siempre acaban encontrando tus labios y la sorpresa de un viaje a la humedad.

Habito en la larga espera de oir tus pasos subiendo la escalera de mi excitacion, en el último beso de nuestras despedidas, en la intemperie de esperar a volver a tenerte y devolver su mitad a cada uno de nuestros deseos.

jueves, 19 de abril de 2012

Otra noche de insomnio (segunda parte)


"Cuando la arrancaron de mis brazos aún respiraba, aunque sus piernas estaban a veinte metros de distancia. Se llamaba Danka, tenía siete años y quería ser princesa". Cuando cristal hablaba del pasado la nostalgia tenía el rostro de un violador serbio. "Era domingo creo, aunque en aquellos años casi siempre era domingo". Acababa de cumplir los treinta y sus mejores recuerdos cabían en una caja de galletas.

"Hace mucho tiempo de aquello y he intentado empezar de cero un montón de veces pero cada vez que lo hago la muerte de Danka cumple otro año". Rocé mis manos con las suyas, en sus dedos los bolígrafos escribían posdatas de impotencia. Intenté hacerla sonreír, olvidando que en lo único que soy un profesional es en hacer brotar las más amargas lágrimas. Nos besamos timidamente, labio con labio, como si estuviéramos en quinto basico. En su terraza, las estrellas brillaban de otro modo, con menos fuerza y la luna no era mas que una farola a punto de fundirse.

- A veces temo que no vengas más-. Me susurró suavemente cerca del oído. De hecho cualquier otro que no hubiera tenido sexo en la segunda cita jamás hubiera vuelto a aparecer.

Me gustaba el olor de su cabello, era suficiente razón para volver a verla. Además que cuando cruzaba las piernas con aquel vestido de flores, la primavera y el verano se besaban en la boca.

Una estrella cruzó el cielo como un conductor borracho hasta apagarse en la inmensidad de aquel espeso negro. Nos miramos y a la vez pedimos un imposible en forma de deseo, aunque seguramente no era el mismo.

 Decía cara de perro, que a las mujeres solo había dos cosas que le gustaban más que un orgasmo, que las escucharas y salir de compras. Era muy tarde para centros comerciales, así que nos sentamos entre los geranios que tenía plantados y por enésima vez oí la historia de Danka. Desde el principio.

miércoles, 18 de abril de 2012

Otra noche de insomnio

"Todos podemos amar la paz pero enamorarte de ella sólo es posible cuando has conocido la guerra". Cristal era de bosnia, pero de madre Chilena ."Todavía cuando me echo a dormir escucho tiros, es como si tuviera bombas anti-personales debajo de la cama, que explotan cuando cojo el sueño".
 Había visto de morir a tantas personas que ya no mataba ni el tiempo.

Vivía en el edificio frente al mío, desde la ventana de la cocina podía ver cómo vestía al aire con su ropa, abanderando de color morbo, el cielo de esta perversa ciudad.

"Las manchas de sangre no hay detergente que las borre, se quedan en la memoria". Fumaba entre tristeza y tristeza, a veces miraba al horizonte esperando que ocurriera algo, en sus ojos los cadáveres se apilaban por orden genético.

Ayer estuvimos sentados un rato en el parque, no hablamos mucho. Hay mujeres que dicen más cuando callan que cuando hablan, a Cristal le bastaban dos frases para que el resto del diálogo fuera respirar, como si el idioma oficial entre nosotros se basara en los suspiros.

Nos despedimos fríamente en su portal, ya lo habíamos hecho otras veces. En mi polerón su olor jugaba al ajedrez con mi conciencia y mientras mi rey neuronal se tambaleaba, en su casa una bomba le regalaba otra noche de insomnio.

sábado, 14 de abril de 2012

meanwhile in Manchester


Estará despertando ahora.
Tras las persianas, un sol impaciente
hará equilibrios por las cornisas.

Seguramente llevará puesto el pijama
al que le arranqué un botón aquella noche
en la que el amor perdía por dos orgasmos a cero.

Es probable también que su teta derecha
haya escapado sutilmente de la suavidad de la seda
y su pezón, en una diagonal perfecta,
esté mirándose con morbo en el espejo del baño.
Despertarán los muebles de la cocina
al olor de su primer café.
calzones minúsculos e inquietos
rezarán su oportunidad en los cajones
y la cama aún deshecha
respirará hacia dentro el olor de su cabello.

Estará descalza sobre la alfombra,
bella y despeinada,
con sus ojos haciendo juego con el color de las paredes,
lanzando bostezos a las lámparas,
que bailan levemente sobre su garganta.

Habrá perdido esa micro roja y el boleto del metro.
Harán colas interminables los vecinos
por los quince segundos de morbo en ascensor.
Murmurarán las aceras de su barrio
que cada día está más guapa.

Llegará tarde al trabajo,
con su vestido de flores
y unos tacones que engañan
exageradamente sobre su altura.
Se la follarán con los ojos los casados,
con curiosidad la amarán los jovencitos
se rozarán con su piel los más maduros,
silbarán sucias melodías los ancianos del parque.
Habrá huelga de prostitutas en las esquinas,
y los maniquies al basurero.
Se inundaran los quirófanos de mujeres
para operarse los gluteos,
colas de humedades en los baños masculinos.
Será Manchester tan feliz como yo era
cuando bailabas tú por mí
los "para siempre".

Aquí sin embargo, seguirá la vida pasando lenta
como un reloj de arena
con lluvia en el interior.
El buzón echando de menos tu caligrafía
mientras Mike patton se rompe la voz en mi oído
por una mujer que también como tú,
cambió su corazón por un paisaje.

Aquí los vecinos huyen de mi saludo,
los semáforos ridiculizan mi daltonismo,
me arrodillo ante la primera mujer que sepa doler
como duelen los inviernos sin las novias del verano.

La realidad es que no tengo amor propio.
Ya no sé amar nada
que no tenga algo que ver contigo.

Y no, seguramente,
ya jamás volverá a ser lunes por aquí,
aunque esta cara que me dejaste de domingo eterno
esté siempre diciendo lo contrario.

miércoles, 11 de abril de 2012

Por esta puta superficialidad. (parte 8)


Aunque antes de entrar al bar la intención fuera tomarse un simple café, era atravesar la entrada y la garganta te pedía el alcohol más duro que fueran capaz de servirte. Detrás de la barra estaba Mariela. Mariela tenía muchas ganas de morirse, no es que me lo hubiera afirmado nunca pero era fea. Muy fea. En este mundo donde te suelen juzgar por tu apariencia física para querer morirse puede bastar con ser feo. A Mariela le bastaba.

No venía a menudo, por aquello de mantener el equilibrio y la decencia. No era un lugar acogedor, estaba mal decorado con cuadros abstractos que parecían trozos de mujeres desnudas, en tonos muy oscuros, las sillas eran incómodas, los taburetes demasiado bajos, la barra, aunque Mariela pasaba el trapo cada hora siempre tenia el aspecto de que te podías quedar pegado en cualquier momento y perder la higiene o un brazo.

No solían entrar muchas mujeres, alguna despistada extranjera, alguna puta de los alrededores, simples borrachas que necesitaban vomitarse encima antes de dormir, o María.

Cuando digo María, me gustaría poder expresar con ese nombre, el trozo de felicidad que le falta a cada hombre en su vida. Lo que la hacía común y comparable por su forma de llamarse a tantas otras, lo salvaba con su presencia de un modo tan descarado, que era la única María que he conocido que no merecía responder por ese nombre.

La primera vez que la vi fue una noche de lluvia, entró completamente mojada, se plantó en el centro del bar como si fuera parte de los rayos de la tormenta del electrizante cielo y soltó:

- No he encontrado un paraguas libre en toda la ciudad.

Ninguno de los que estábamos allí dentro fuimos capaces de dejar de observarla, nadie nunca había visto, salir de la ducha a una mujer tan desnuda.

 Confieso que la mayoría de las veces que he regresado a este bar fueron por verla, de hecho no recuerdo si he faltado alguna noche de tormenta desde aquel día.

- Sabia que ibas a venir, me lo avisaron los charcos. Me dijo Mariela una vez.

Mariela tenia los ojos grandes, muy grandes, de un marrón confuso, la nariz afilada, los labios finos como de gato y los dientes absurdamente alineados como una mala partida de tetris. No era alta ni baja, ni delgada ni gorda, plana como si antes de nacer tuviera dudas sobre si ser niño o niña. Lo mejor de Mariela, o quizás lo único bueno, era su voz, dulce y melódica. Hubiera sido la mejor madre del mundo cantando canciones de cuna si alguien alguna vez la hubiera amado tanto por dentro, que por fuera al menos le hubiera resultado invisible.

- Hoy tampoco apareció- Dijo Mariela mientras secaba los vasos. -Tendrás que esperar  al próximo diluvio o a las cuatro de la mañana de esta misma noche, es la hora en la que en mi ojos comienza la tormenta.

La miré y me odié terriblemente por no amarla. Por esta puta superficialidad que le ganaba el pulso a mi bondad. Acaricié su mano suavemente antes de marcharme a jugar como un niño indefenso con los charcos de las aceras.

Y me mojé la vida, otra vez.

sábado, 7 de abril de 2012

El hombre que se abrasaba a los postes séptima parte


Decía el "viejo Julio" que una persona deja de ser joven cuando para ver a sus amigos en lugar de ir a un bar cualquiera tenía que ir al cementerio.

Yo no he tenido muchos amigos, para considerarlo amistad, uno debe además de compartir los secretos, aceptarlos. Tener el poco orgullo para pedir disculpas y el arte de saber perdonar. Siempre he pensado que los amigos de cada persona se cuentan por las mentiras que cada uno sea capaz de contarles.

El "viejo Julio" también decía entre sorbo y sorbo que la amistad es lo que le sobra al amor y el sexo lo que le falta. Que una persona empieza a follar de verdad cuando se quiere más a si mismo que a su pareja. Y ocurre, te lo juro que ocurre. Confirmaba a la vez que hacía memoria rascándose la cabeza.

Un tipo peculiar, que formaba parte de los decorados de los bares más viejos de la ciudad, algunos decían, que él fue quién se tomó la primera copa en todos ellos y que a este paso donde la economía era un puto desastre también se tomaría la última.

- No soy divorciado, ni soltero, ni viudo, simplemente me las he arreglado para estar solo. Y no es fácil. Yo nunca he levantado un copa por una mujer, ni para celebrar ni para olvidarla. Mis borracheras no han sido más que sed y créeme amigo, cuando no te quiere nadie, no basta con el agua.

Estaba pensando en Valeria, esa rubia que apareció en la pista de baile, como un rayo de tormenta en una noche de verano. Pensando en que quizás no existía tal y como la recordaba. Aquella mañana me había deshecho de su teléfono pero su recuerdo taladraba mi cabeza. Su recuerdo era un vecino martillo en mano a las ocho de una mañana de domingo, clavando las repisas que sostedría su pasado de rutinas.

- Julio- le pregunté- ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono que significa?

Julio volvió a su cabeza, blanca como si la hubiera enterrado en la nieve. - Que nunca tendrá saldo para llamarte ella- Dijo y sonrió,como quién tiene la verdad absoluta de las cosas.