Me era más útil saber donde estaba el unimark que su clítoris aunque seguramente ambos recibían las mismas visitas al mes.
Era puta, si, de las que cobran.
Era guapa, mucho, de las que brillan.
Y tan triste demaciado, de las que sueñan con precipicios.
Se
llamaba Pamela y aunque conocía treinta y cinco maneras diferentes de
asesinar a un hombre sin dejar huellas, de pequeña como la mayoría
también jugaba con barbies y saltaba en los charcos.
- No soy yo, soy lo que queda de mí. Eso me dijo un día después de hacerme feliz siete segundos.
La conocí meses después de que los huesesitos de Ingrid comenzaran a decorar la lápida más primaveral de mi memoria.
Yo
estaba terriblemente sólo y su cintura de reina del hula-hula
anestesiaban los malos recuerdos en cada movimiento que inventaba.
Ayer me llamó con ese acento mexicano que te emborrachaba de tequila por palabras.
Había
hecho dinero suficiente para volver a su país y montar algún negocio, a
ser posible un salón de belleza y con un poco de suerte poder vivir
decentemente aniquilando todo su pasado.
Nunca a pesar de nuestra
multitud de encuentros me había besado en la boca hasta ayer, suave,
como una brisa de esas de verano que te envuelve cuando más la
necesitas.
- Te echaré de menos bebé. Dijo.
Tuve unas
ganas tremenda de abrazarla, de pedirle que se quedara, de rogarle que
no se fuera nunca, que yo la haría tan feliz que se olvidaría de una vez
por todas de sus raíces, de su mexico lindo, de aquel padre cabrón que
la humillaba y la hizo crecer a pasos de gigante,de todos y cada uno de
los clientes que solo la trataron como carne, que yo lamería sus heridas
hasta hacerla cicatrices y las cicatrices las besaría hasta no dejar ni
rastro de ellas en su bendita piel morena.
Suele ocurrirme que siempre me enamoro en ese instante en el cual ya el amor, camina varias horas por delante.
Igual que me ocurrió con aquella chica preciosa que se disfrazaba de otoño para dormir.
Pamela y toda esa farmacia contra el vacío que poseían los dos mejores muslos
de esta maldita ciudad se marchaban dejando un montón incontable de hojas en blanco en mi caótica vida.
En el bar todo estaba en su
sitio, Olga tambaleándose en busca del aseo, Julián acariciándole con
mimo la cabecita a la tortuga de su bolsillo, Daniela con la mirada
triste tras la barra, el señor con bigote con el que alguna que otra vez
había echado unas partidas de poker mirando al techo y humo ,mucho humo
y música de suicidio y una mesa repleta de mujeres que parecían
travestis con tanto maquillaje y otra mesa repleta de hombres que
parecían mujeres con tanto perfume y poco vello.
Todo en orden.
Besé
a daniela en la mejilla que me devolvió el beso con una de esas
sonrisas mágicas y pedi una copa grande para bebérmela de un solo trago a
la salud de Pamela.
- Por la reina del hula-hula. Dije en voz alta.
Con tequila por supuesto.
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