Detrás de cada mujer a la que amo,
siempre hay un hombre al que odio.
Es inevitable.
Como lo sería no pensar en ser burbujita
cuando el equipo de natación sincronizada
se inventa bajo el agua una ciudad
con nombre de medicina para el alma.
Que iba a llover.
Eso dijo el hombre del tiempo el hijo de puta
y ahí está ella tras mi ventana
esperando la micro
con un ridículo paraguas en la mano
mientras los rayos del sol la iluminan
como si se tratara de una artista de hollywood.
Podría serlo.
Una mezcla entre Mila
y Drew.
Mientras bordeo con el índice su silueta en el cristal
pienso en lo bien que le queda
el uniforme a la cajera del súper,
en lo mal que le está sentando el régimen
a mi vecina de abajo,
en "ella" tocando el violín con las pestañas
en algún barrio marginal de París.
"Toda mujer que te mande postales desde París está muerta
y si aún respira mátala"
Odio las micros,
las odio desde que la magia
viaja en los asientos traseros
en direcciones siempre contrarias
a lo que debe ser mi camino.
Y me pongo triste
y cuando me pongo triste necesito un trago
y bajo las escaleras de tres en tres
y la calle hambrienta.....
me traga....
a mí,
que estoy hecho de escamas.
Es demasiado complicado ser un pez en el asfalto.
Aún están los faroles perfumados con tu aroma,
estoy seguro que cuando bostezas
te crecen margaritas en la punta de la lengua.
Lo sé porque he visto la primavera en tu cruce de piernas.
Sol por la tarde. Eso dijo.
Con la sonrisa repleta de isobaras
y ahora una nube del tamaño de mi soledad
llora tu ausencia sobre mis hombros.
Un poco más al norte,
una chica se baja de una micro y sonríe,
y abre su paraguas con la habilidad adquirida
de alguna película disney
mientras una rebelión de gotas furiosas
sueñan con desembocar en su piel.
Exactamente como yo.
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