11 Años despues.
Toda la vida pensé que uno era el que escribía su propio
destino. Que la valentía venía sola, que el miedo era cosa de otros. Caminaba
por la ciudad a cualquier hora como si nada pudiera tocarme, como si la noche
fuera solo un escenario donde yo era el protagonista invencible de mi propia
historia.
Y luego la vida decidió recordarme que soy humano.
Que el cuerpo tiene límites.
Que la muerte no siempre avisa.
Iba por huevos para el desayuno, como un dia cualquiera, y
terminé tirado en una plaza, temblando, vomitado, sin poder siquiera pedir
ayuda. Yo, que creí ser inmortal, me vi reducido a un hilo frágil. Y ahí
entendí que el miedo no llega de golpe: se queda. Te invade los rincones, te
acompaña al dormir, te respira en la nuca cuando despiertas.
Hubo días en que pensé que no iba a ver el siguiente
amanecer.
Hubo noches en que cerré los ojos con la certeza de que no los volvería a
abrir.
Y durante mucho tiempo, vivir se sintió como un acto de coraje que yo no estaba
seguro de tener.
Pero incluso en ese derrumbe silencioso, estabas tú.
Tú, con tu voz que todavía me derrite como la primera vez.
Tú, que encontraste en mí algo que ni yo veía.
Tú, que hiciste del otro lado del mundo un asiento junto al tuyo en un vagón
cualquiera.
Tú, que convertiste una vida común en una historia que merecía ser contada.
Y por eso quiero decir algo en voz alta, once años después:
No se preocupen que el protagonista de esta historia no fue el miedo.
Ni siquiera cuando yo creí que sí lo era.
Porque, aunque el miedo ganó terreno, aunque ocupó espacios
que antes eran míos, no logró quedarse con todo. No pudo con tu risa, con tus
canciones, con tu mirada que sigue desarmándome. No pudo con ese amor que llegó
sin pedir permiso, ese amor que me sostuvo cuando mis piernas no podían, ese
amor que me hizo quedarme cuando todo en mí quería huir.
No soy el hombre invencible que creía ser.
Tal vez nunca lo fui.
Tal vez solo fui alguien que caminaba sin darse cuenta de que podía caer.
Hoy soy distinto: más lento, más herido, más consciente de
mi fragilidad. Mi armadura tiene golpes, grietas, pedazos faltantes. A veces se
siente demasiado pesada, otras veces parece que se va a desarmar.
Pero, aun así, quiero que lo sepas:
voy a seguir adelante por ti.
No por obligación, no por miedo, no por culpa.
Por amor.
Porque incluso roto, incluso agotado, hay algo en mi pecho que sigue latiendo
fuerte cuando te pienso.
Y ese latido, por pequeño que sea, por herido que esté, es
mío.
Y es tuyo.
Y es lo que me queda para avanzar.
Once años después, sigo creyendo que nadie puede evitar lo
inevitable.
Ni siquiera quienes han pasado demasiado tiempo evitando.
Y lo inevitable, para mí, sigues siendo tú.
Así que aquí estoy, con la armadura magullada, sí, pero con
el corazón más cierto que nunca.
No prometo ser valiente todos los días, pero sí prometo seguir caminando.
Prometo no dejar que el miedo vuelva a ocupar el papel principal.
Prometo que mi historia —nuestra historia— todavía tiene capítulos que valen la
pena.
Y si alguna vez vuelvo a temblar, si el miedo vuelve a
golpear, si la noche pesa demasiado… quiero que recuerdes algo:
No se preocupen. Que el protagonista de esta historia,
ahora y siempre, no será el miedo.
Será el amor.
Será lo que encontramos el uno en el otro.
Será este corazón, que, contra todo pronóstico, sigue intacto en lo más
importante:
sigue latiendo por ti.
Para mi Esposa... mi Amiga, mi luz, mi todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario