Toda la vida pensando en si estará al otro lado del mundo el amor verdadero y el otro lado del mundo se convierte en Santiago. Y el amor verdadero en la chica que se sienta junto a ti en el trabajo.
Y de pronto te encuentras sentado en un vagón un miércoles noche cualquiera perdido en sus ojos, preguntándote de dónde mierda ha salido esa chica.
Y no dices nada. Un poco por vergüenza y otro por estúpido. Sobre todo lo segundo. Porque hay que ser estúpido para tener ahí delante a alguien como ella y no lanzarse a la primera.
Bueno. Se puede ser estúpido o estar asustado. Y era más, también en eso, lo segundo. Fue más un problema de valor que de luces, eso está claro.
Y ella… Bueno ella tenía uno de esos corazones repegados. De los que han roto mil veces pero y eso hay que tenerlo en cuenta, no había perdido ni un pedazo. Y dijo de ponerse a latir nada más verle. Aunque claro, uno se agarra fuerte el corazón después de tantos ataques para que no se lo arranquen.
No se preocupen que el protagonista de esta historia no fue el miedo. Que nadie puede evitar lo inevitable. Ni si quiera quienes lo están evitando. Y ahora levita con el vuelo de su falda y enreda el tiempo en su pelo. Se muere más de amor y de ganas y menos de miedo.
Y cada puta lágrima en cada despedida es un “vuelve pronto, que te voy a echar de menos”.
A ella. Por ser parte de mi vida y por haber encontrado el uno en el otro el cielo. Porque escribo mucha ficción pero no hay mejor amor que el verdadero.
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