Son muchas las veces que tropiezo con su mirada, que resbalo por el blanco de sus ojos como si patinara sobre hielo. Soy incapaz de traducir el idioma de sus párpados, tal vez porque cualquier negación me arrancaría cruelmente gran parte de mis fantasías o quizás, porque una aprobación me haría de golpe enfrentarme a ellas.
No es cobardía, si la beso ya nunca más volveré a preguntarme a que saben sus labios, si la acaricio mis torpes dedos reducirán a recuerdos cada vez más borrosos, esta manera eterna que poseo ahora de imaginar, como se le eriza la piel mientras mis manos le tiemblan en su propio pulso.
Si incluso tengo la mala suerte de llevarla a mi cama, podría como mucho acabar en un poema donde sería cualquiera menos ella.
Esa ella, que ahora en un simple parpadeo acaba de hacerme caer más allá de sus ojos y de los míos, en un lugar tan maravilloso, que todavía ni existe.
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