Con su impaciencia de guitarra eléctrica
aura de suburbio Neoyorkino
tiene una hermosa nariz y con sed de tropezar
vestida para ser recuerdo
y exhibiendo en sus muñecas
las moralejas de una Gillette
se posa en mis rodillas
a contarme que de la esperanza
solo le queda el verde de su rímel,
que el amor
mejor no sentirlo
ni manufacturarlo en esta Crisis,
y que el dinero quizás de paraguas
o de arnés
por si decide vacacionar tocando fondo…
–Vente conmigo y te enseño a caer –digo besando su nuca.
–¿De pie…?
–A como extender la caída libre… –vuelvo a la cerveza—. El aterrizaje solo preocupa a los gatos y a la gente feliz.
Jordana ríe y vibra
como toda madera que se sabe muerte y música,
me pide que le mienta un rato más
(pero que omita los signos vitales de la ciudad y de ese sol que mata y saca a bailar)
hasta que las luces inteligentes nos abandonen como crucigramas
para obligarnos a retomar los guiones:
ella a las rodillas de otro
y yo
a esta caída libre que me voy improvisando
…de la que por vergüenza nunca admito
cierta preocupación gatuna
por el aterrizaje.
A Jordana …hasta la próxima.
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