viernes, 27 de junio de 2014
Temer perderla era mi modo de amarla.
La quise como se quieren las cosas que nunca serán tuyas. Un porsche en el garaje, un mar en la ventana, un viaje solo de ida a Nueva Zelanda. La quise como se debe querer, con ese miedo anclado en el pecho de que esta vez el truco saliera mal. La amé con todo mi miedo. Si amas sin miedo, no amas realmente. Yo siempre, desde el primer día tuve pánico a perderla. La primera vez que la vi temí que al acercarme un poco más dejara de ser ella para ser otra. Porque en mi cabeza antes de que ella existiera ya la había dibujado tal y como estaba delante de mis ojos aquella noche. Y a cada paso que daba para acercarme tuve miedo a parpadear por si ya no estaba. Y cuando por fin parpadeé, tuve miedo a cerrar los ojos por si al despertar solo era un sueño. Y cuando los abría y la veía tenia miedo a tenerlos abiertos porque la realidad es que algo tan bonito solo podía soñarse y los cerraba de nuevo. Y también la veía. Y durante mucho tiempo no sabía si estaba despierto o soñando, si era real o mentira, si me la acaba de inventar o existía porque si, porque a veces la magia existe. Pero nunca me quité el miedo de encima. Porque temer perderla era mi modo de amarla. O porque ese miedo terrible era el único modo de amar a una mujer como ella.
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