Intento observarte desde la frialdad del diálogo. Procuro escucharte mientras tus labios se mueven, ignorar que la humedad de tu lengua, apagaría la sed de mi boca. A veces fijo la mirada lejos de tu rostro, en un punto perdido, temo que mis ojos te cuenten lo que mi voz no sabría. Luego casi al azar, hallo tu cintura en mitad de la nada y apuesto media vida al rosado de tus pómulos, al impar de los lunares de tu espalda.
Alguien me dijo que la suerte hay que buscarla pero olvidó mencionar que hacer cuando la encuentras.
Tus palabras siguen danzando por toda la habitación, tropiezan con mi silencio, resbalan con esta torpe manera que tengo de escuchar lo que no oigo.
El destino es un crupier al que le tiembla el pulso, e intento adivinar
la próxima carta. Supongo que es de corazones pero desconozco si mayor o menor, a la cantidad de suspiros que guardo por si me rozas antes de marcharte.
Invierto toda mi fortuna en asentir con la cabeza, coloco una mueca para que en mi sonrisa no intuyas, la derrota del siguiente hasta luego y dejo de ir de farol solo cuando caminas dándole la espalda a mi futuro.
Luego me siento a esperar la siguiente partida, sabiendo que no hay trucos en tu forma de moverte, ni ocultas ases en la manga para volver a hacer desaparecer toda mi tristeza.
Que la magia es que existas. Que la magia eres tú.
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