Ayer soñé contigo. Tu rostro estaba algo difuso pero se con
certeza que eras tú, porque yo no paraba de sonreír. Llevabas vestido negro
casi hasta las rodillas, tacones finos y altos, de esos que al caminar, el
equilibrio y el vértigo se follan las ganas a cada paso. No llevabas ropa interior
por aquello de que no se te marcaran bajo el vestido. Creo que fue después de
la segunda copa el primer beso. Pero si te soy sincero incluso el primer sorbo
me supo a ti. No mucho tiempo después apartamos la sed y nos bebimos la boca en
cada oscuridad que hallamos mientras buscábamos algún lugar donde también
ocuparnos del hambre.
Era un hotel. Ni idea de sus estrellas con tus ojos cerca. La
cama te pareció un lugar demasiado confortable y me tiraste al suelo. Te
cogiste una cola con elegancia mientras tu culo se sentaba en la única silla de
la habitación. Cruzaste las piernas como si cerraras el único camino posible al
cielo. Como si pudieras poner un muro en mitad del mar. Tu tacón izquierdo
dibujaba en el aire figuras geométricas. Después del cuarto triángulo
equilátero me acerqué a ti de rodillas. Como quien pide permiso. O perdón. O
ambas cosas. Cuando iba a colocar mis manos en tus muslos se interpuso tu pie
presionando mi pecho levemente. Hiciste un gesto con la cara sugiriendo que
empezara por el principio. Te quité los tacones con la misma torpeza, de quien
abre un regalo con la intención de que el papel salga impune. Besé tus pies,
lamí tus pies, podría entrar en detalles pero estoy seguro de que mi fetichismo
acabaría asustándote. Tracé un camino con la punta de la lengua desde los
tobillos hasta las rodillas. Escribí con saliva mi nombre en tu gemelo derecho
como si le pusiera un precio a toda a mi vida.
Sabía tu piel al primer café de la mañana, al postre de los
domingos, al primer beso del segundo amor. Tus piernas se abrieron lentamente,
hasta que el verano nos cogió por sorpresa. Juraría ahora que fue tu mano la
que guio mi cabeza a la orilla pero estoy seguro que fue mi cabeza la que busco
tu mano para que me hundieras el mar en la garganta. Luego la melodía perfecta,
gemidos estallando contra las paredes, suspiros ventilando la habitación, palabras
que no debe escuchar una madre rompiendo las normas pactadas del respeto mutuo.
No recuerdo si después de estallar en mi boca dijiste te amo. Sé
que en un alarde de elasticidad y de magia mi pene despareció entre tus labios
y te juro que en aquel momento, no se me hubiera ocurrido ningún sinónimo más
acertado para declarar amor. Y era tan mutuo que descarté la precocidad del
quinceañero y esperé pacientemente que te subieras en mí, que tus piernas
aprisionaran mi vida, que mi libertad dependiera de la presión de tus muslos.
Nos besamos. Con la boca abierta y la lengua fuera. Como jodidos
animales recién fugados de un zoológico. Tu orgasmo encontró en mi piel pero
estallaste dentro de mis labios. Como un eco interminable se repitió el último
alarido de placer. Contigo entendí porque se le llama cielo a una parte de la boca.
Brillabas como el escaparate de una joyería. Roja como si tú sangre quisiera
salir para agradecerme el encuentro. Caliente como el agua de la ducha en el
invierno de Alaska.
Ayer te soñé y quería que lo supieras. Después de eso cerré los
ojos. Y me dormí.
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