lunes, 11 de diciembre de 2017

Ayer soñé contigo.

Ayer soñé contigo. Tu rostro estaba algo difuso pero se con certeza que eras tú, porque yo no paraba de sonreír. Llevabas vestido negro casi hasta las rodillas, tacones finos y altos, de esos que al caminar, el equilibrio y el vértigo se follan las ganas a cada paso. No llevabas ropa interior por aquello de que no se te marcaran bajo el vestido. Creo que fue después de la segunda copa el primer beso. Pero si te soy sincero incluso el primer sorbo me supo a ti. No mucho tiempo después apartamos la sed y nos bebimos la boca en cada oscuridad que hallamos mientras buscábamos algún lugar donde también ocuparnos del hambre.
Era un hotel. Ni idea de sus estrellas con tus ojos cerca. La cama te pareció un lugar demasiado confortable y me tiraste al suelo. Te cogiste una cola con elegancia mientras tu culo se sentaba en la única silla de la habitación. Cruzaste las piernas como si cerraras el único camino posible al cielo. Como si pudieras poner un muro en mitad del mar. Tu tacón izquierdo dibujaba en el aire figuras geométricas. Después del cuarto triángulo equilátero me acerqué a ti de rodillas. Como quien pide permiso. O perdón. O ambas cosas. Cuando iba a colocar mis manos en tus muslos se interpuso tu pie presionando mi pecho levemente. Hiciste un gesto con la cara sugiriendo que empezara por el principio. Te quité los tacones con la misma torpeza, de quien abre un regalo con la intención de que el papel salga impune. Besé tus pies, lamí tus pies, podría entrar en detalles pero estoy seguro de que mi fetichismo acabaría asustándote. Tracé un camino con la punta de la lengua desde los tobillos hasta las rodillas. Escribí con saliva mi nombre en tu gemelo derecho como si le pusiera un precio a toda a mi vida.
Sabía tu piel al primer café de la mañana, al postre de los domingos, al primer beso del segundo amor. Tus piernas se abrieron lentamente, hasta que el verano nos cogió por sorpresa. Juraría ahora que fue tu mano la que guio mi cabeza a la orilla pero estoy seguro que fue mi cabeza la que busco tu mano para que me hundieras el mar en la garganta. Luego la melodía perfecta, gemidos estallando contra las paredes, suspiros ventilando la habitación, palabras que no debe escuchar una madre rompiendo las normas pactadas del respeto mutuo.
No recuerdo si después de estallar en mi boca dijiste te amo. Sé que en un alarde de elasticidad y de magia mi pene despareció entre tus labios y te juro que en aquel momento, no se me hubiera ocurrido ningún sinónimo más acertado para declarar amor. Y era tan mutuo que descarté la precocidad del quinceañero y esperé pacientemente que te subieras en mí, que tus piernas aprisionaran mi vida, que mi libertad dependiera de la presión de tus muslos.
Nos besamos. Con la boca abierta y la lengua fuera. Como jodidos animales recién fugados de un zoológico. Tu orgasmo encontró en mi piel pero estallaste dentro de mis labios. Como un eco interminable se repitió el último alarido de placer. Contigo entendí porque se le llama cielo a una parte de la boca. Brillabas como el escaparate de una joyería. Roja como si tú sangre quisiera salir para agradecerme el encuentro. Caliente como el agua de la ducha en el invierno de Alaska.

Ayer te soñé y quería que lo supieras. Después de eso cerré los ojos. Y me dormí.

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