viernes, 18 de noviembre de 2011

Nubes



- ¿ Ves? Eso es una nube con forma de corazón.

Le digo señalando un montículo espumoso del cielo.

- Y esto - Dice ella pasando el índice por los labios- Una boca con forma de nube.

¿ Has besado alguna vez una nube? Me pregunta.

Niego con la cabeza, ella me coge del cuello de la polera sin dejar

espacio para que el aire se escape entre nosotros.

- Ven, te enseñaré el cielo pero por dentro. Afirma.

Y su boca de nube me cubre la lengua.

Y luego comienza a lloverme.


Tenía las piernas largas como vacaciones en el infierno,
empezabas en los tobillos
hasta llegar a las rodillas
y una vez allí ya habías olvidado el resto
y tenías que comenzar de nuevo.

Era como girar eternamente en una rotonda.

- Los hombres con paraguas son unos cobardes- Dijo.
Subiéndose sus medias.

Fue en ese momento cuando comencé a tragarme las tormentas
y no he tenido sed desde aquel día.

Ni ella hambre.

A veces me muerde por dentro,
parecen cosquillas pero son perros
comiéndose mis órganos.

Luego ya no soy nada
hasta que vuelve a nombrarme.

Y soy todo.
Suyo.
Pero todo.

Ni idea de esas mitades que se suman.
Yo soy uno completo que me resto
hasta el vacío absoluto si ella quiere.

Las piernas como vacaciones en el infierno.
- De ida por favor- Le digo a sus ojos.
Y me muestra un paisaje de rodillas
que había visto anteriormente en algún sueño.

Quién no te ha observado caminar no entiende
que se puede morir de música.

Que la vida puede ser un baile
si el clack clack click de tus pasos
golpean los acordes de mi lengua.

Soy las teclas de un piano
que se pulsan solamente si me miras.

Hasta que brilles, así voy a lamerte,
que se te pueda ver en la distancia
como a una estrella,
como un cometa haciendo zig zag entre los coches,
como las luces de un avión en la penumbra,
como un faro que ilumine los atajos
que me llevan de tus manos al bolsillo.

Y del bolsillo a tus cosas importantes.

En la curva más peligrosa de mi corazón está ella,
justo delante de la colegiala rubia
que le muestra los calzones a los viejos,
me sonríe,
parece un dibujo japones
entre tanta cotidiana realidad,
sostiene un paraguas verde
y los charcos a sus pies
sueñan con ser espejos.

Yo a dos metros de distancia
empapado por una nube enamorada
sigo cazando relámpagos con la boca.

Y ya todo lo demás son humedades.

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