viernes, 12 de octubre de 2012

Veinte años.


El truco de su sonrisa, no era que abría mucho la boca, si no que cerraba muy poco los ojos y entonces sonreía con todo el cuerpo.
Por eso la felicidad se parecía tanto a observarla.

Cuando estaba triste, (porque ella también tenia sus tristezas) pensaba en su madre. O pensaba en su madre y se ponía triste. Nunca lo supe.
Arqueaba suavemente las cejas y un rojo adquirido de algún amanecer con resaca se le hospedaba en los pómulos, luego el mar le regalaba una lágrima por ojo y una lluvia fina emigraba de las nubes con el fin de estar lo más cerca posible de su boca.

Y cuando una mujer que llora se pone tan bonita, es cuando ya no sabes si hacerle cosquillas o promesas.

Tenía veinte años y odiaba la primavera, dibujaba otoños con la lengua dormida y justo debajo del ombligo le duraba el verano un año bisiesto.

Tenía veinte años y decía que hacer el amor, se parecía demasiado a follar cuando era conmigo.

No se fue, ni me fui, entre nosotros la máxima despedida siempre fue un hasta luego, pero una vez el luego se hizo nunca, el nunca se hizo eterno.

Ayer la vi, vestía de negro como siempre, empujaba un carrito donde la mitad de sus genes, dormían el sueño de la tarde.

- Le puse tu nombre para nombrarte sin que me duela. Dijo.

Ya no había tanta magia en su sonrisa, ni veinte años, ni yo tuve ganas de llegar tarde y cansado del trabajo a cenarme las rutinas de la vida.

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