lunes, 1 de octubre de 2012
los lunares de tu vestido
Está todo mi barrio cubierto de los lunares que se le cayeron a tu vestido, parece un macabro carnaval con los papelitos de tu ausencia y a nadie le ha dado por ponerse tu sonrisa en su disfraz de persona común.
Porque después de ti lo cierto es que todo es común y rutinario, como un domingo de invierno o un verano sin risas.
Ha sido verte en tacones y perderle de golpe el miedo a las alturas. Tener ganas de treparte como si fueras árbol, de subirme por tu escote como si fuera gato, de lanzarme de tu frente a tus tobillos, como si fuera tuyo.
Siempre el mar, aunque esta vez casi se me olvida, que lo teníamos en frente. Estaba tu boca allí, dibujando besos imaginarios en el aire, creo que la única ola que divisé me la trajo tu lengua, de lo único que me arrepiento todavía, es de no haberme ahogado en el momento que nadar, era lo más parecido a no besarte.
Y es que al final será verdad eso que dicen que el amor y el odio están a un paso de distancia.
Tú lo das para alejarte y yo me odio, yo lo doy para acercarme y más te amo.
Todas las calles que pisaste llenas de los lunares de tu vestido, quizás debería recogerlos y hacerme una piel distinta a esta, para acariciarme cuando más te necesite.
Ahora por ejemplo.
Siempre por si acaso.
El mar allí claro, al alcance de nuestros dedos, aunque ante ti, solo parecía una postal, un verso de alguna canción a favor de la cordura, un charco pintado por un niño de seis años.
Ante ti el mar no es más que agua, que se agita como yo para tocarte.
Quizás espere tu regreso allí observándolo, apoyado en el mármol del paseo marítimo. O tal vez recogiendo con la lengua cada lunar de tu vestido que decora, estas calles que hoy parecen más hermosas, que se aprietan al recordar que tu cintura ha pervertido las calles de mi infancia.
Quizás te espere en un hotel cualquiera, donde firmemos con nombres distintos para no sentirnos tan sucios después del sexo.
O en algún bar donde la sed, dependa más de tu labios
que del borde de las copas.
Quizás te espere en los sueños que tienen otros, en la humedad de una sábana bordada por tu madre, en la parte de atrás de un taxi sin destino, en el verso de un poema al que le pondré tu nombre,
o en la puerta de tu casa con las llaves de la mía.
En cualquier sitio, a cualquier hora, puedo esperarte.
Solo deseo que me encuentres.
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