Crack. Ese es el sonido que debe hacer un corazón cuando se
rompe. Ruidoso y seco como un jarrón contra el suelo. No un vaso, o una
botella, o una taza. Como un jarrón, porque si tienes un jarrón en casa debe
tener algún valor sentimental. Ya sea porque era de tu madre, o de tu abuela, o
el recuerdo de un viaje, o simplemente porque ha tenido tantas flores dentro
que la primavera se hace de repente si pasas por su lado. Lo justo sería que lo
vieras antes tambalearse para que formes parte de lo jodido que puede resultar
el equilibrio y luego crack.
El romanticismo es ese acto de fe que existe en aquel que
intenta juntar los trocitos.
Pero no, un corazón se rompe y no hace ningún tipo de sonido. De hecho se rompe y a la vez sigue intacto. Como si a una caja de música le arrancas la bailarina. Ha muerto la belleza y la melodía sigue. ¿Pero a ver quién quien mierda es el que baila ahora?
Pero no, un corazón se rompe y no hace ningún tipo de sonido. De hecho se rompe y a la vez sigue intacto. Como si a una caja de música le arrancas la bailarina. Ha muerto la belleza y la melodía sigue. ¿Pero a ver quién quien mierda es el que baila ahora?
"El tiempo lo cura todo" es esa frase que nunca pasará
de moda. Pero el tiempo lo que hace no es curarlo, es matarlo. Te arranca unos
años de vida y a cambio te da la capacidad absurda de ir olvidándolo todo. Y en
cierto modo lo haces, olvidas, tu cuerpo olvida, tus ojos olvidan, tu mente
olvida. Pero tu corazón jamás formará parte de ese juego. Tú corazón ya ha
creado un sistema nuevo de defensa y a la persona que venga, no le será tan
sencillo entrar como a la anterior. El corazón se va haciendo más pequeño y a
su vez coloca más obstáculos en el camino. El daño que te hagan hoy, lo pagará
la siguiente persona que pase por ahí.
Supongo que es esa la razón por la que sigo aquí, inmóvil. La
razón por la que no te digo un lugar y una hora y te miro a los ojos hasta
poder sentir que me caigo dentro de ellos. A estas alturas ya no eres un polvo
rápido en el baño de un restaurante. Ni un paseo por la playa mientras me
hablas de tu infancia. Ni una película donde su argumento seá devorado por los
besos. Yo te he creado de la nada. Como si no hubieras existido antes de la
primera vez que dije tu nombre. Ni siquiera te ha sido necesario esquivar
obstáculos para llegar al primer latido. Yo mismo te he cogido con dos dedos y
te he colocado en la entrada de mi pecho. Y de repente cobras vida por ti misma
y te metes más dentro. Y hurgas en él. Incluso intentas con cierta ignorancia
crear algo bonito de este montón de escombros que decoran la parte del fondo. Y
te sientas y observas desde dentro a fuera quien soy. Y ni siquiera yo estoy
seguro de eso.
Hoy he visto a una chica. La he visto cien veces antes. O mil. O
un millón. A veces incluso sale en mis sueños. Nunca está desnuda. Es como si
mi deseo me llevara la contraria. La he mirado igual que si pasara por delante
del escaparate de una pastelería. Y el corazón ha bailado una canción que ya
conoce. Ella está lejos de él porque también se sabe la música. Le importa
tanto lo que habita en mi pecho como a mí el anillo que decora su dedo. Una
palabra bien colocada hubiera dado más amplitud al diálogo, una sonrisa en el
momento justo más complicidad y un roce hubiera sido suficiente para perderme
en su tímido escote. Pero no ha ocurrido nada porque yo espero que sea ella
quién de ese paso y ella tal vez ni siquiera lo ha imaginado antes. Luego al
meterme en casa he dicho su nombre para que volviera a mis sueños. No ha habido
suerte. Supongo que el único sueño seguro es el que eres capaz de cumplir. Que
una vez cierras los ojos no solo se oscurece tú alrededor, también lo hacen los
deseos. Puedes pedirlos, imaginarlos, traerlos a ti pero en el momento de
alargar la mano para ver si son reales se desvanecen. Y se quedan apilados con
los demás en un desván olvidado de la memoria, que a veces visitas por ese
masoquismo interno de ordenar los fracasos. Una persona no se mide por lo que
tiene, sino por aquello que ansía.
Supongo querida que debería escribirte. Contarte que donde estás
sentada ahora antes había otra mujer. Y que fue ella quién lo dejó todo en este
estado. Que el tiempo aún no nos ha matado del todo y que la echo de menos.
Decirte que estás ahí para que duela menos. Y que te suene tan injusto el
leerlo como a mí el escribirlo. Que mi corazón, el mismo que te abrió la puerta
es incapaz de cerrarla y dejarte dentro. Y ni siquiera sabe si es por si ella
regresa o porque todavía no se fía de ti. Incluso puede que por ambas cosas a
la vez. Estoy de acuerdo en que la canción que suena de fondo es preciosa y
nada me apetece más que agarrarte la mano y dejarme llevar. Pero sería justo
que supieras que en esta misma caja de música yo he sido la bailarina arrancada
de golpe y abandonada en el suelo mientras el mundo seguía con su puta melodía.
Y que tampoco hice crack. Como debería.
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