sábado, 6 de noviembre de 2010

Igual que se rompen las promesas de los hombres,
rompían las olas contra tus muslos,
era fácil saber después de verte
que la locura más grande que se podía hacer por amor
era ser fiel.

Y lo cierto es que yo jamás he estado demasiado loco.

Exceptuando cuando tu boca se abre
o cuando te baila el tirante en el hombro
al ritmo de una película de Hitchcock,
o cuando a tus labios se le cuelga una sonrisa
o cuando a tus manos le dan por inventarse
el camino más corto que existe
entre el "on" y el "off".

Igual que se vence a una hormiga de un soplido
me ganas tu la piel si lo decides
y no hay bandera blanca ni trincheras
sólo mi cuerpo expuesto a la conquista
de tu implacable ejercito de dedos.

Y eso que pareces vulnerable cuando hablas
de migrañas, de resacas y nostalgias
y hasta dócil si te sorprendo bostezando
con tu pijama de jirafas bisexuales.

Maldigo el bús que nos separa,
el hilo que sostiene tus botones,
la aguja cruel de tu reloj biológico,
el érase una vez si no hay princesas
que hagan turno de noche en un hostal.

No quisiera tener que hablarle a mi sombra
de todas las neuronas que pierdo
cuando tu nombre le falta a mi boca,
ni del naufragio de espermatozoides por el desagüe,
ni del desamor en el último centrifugado
sin las volteretas acrobáticas de tus calsones rojos.

Porque yo lo único que necesito
es tenerte en eterna perspectiva,
que devore tu silueta los paisajes
y un portazo nunca suene a un triste adiós
que tus tacones subiendo la escalera
sea la banda sonora de mi vida
y conviertas mi espalda en geografía
cuando te duelan las ciudades que no viste.

Y estar loco solamente por tu culpa.

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