jueves, 26 de enero de 2012
Existe cada vez que la pienso.
Mirarla es como caer al vacío eternamente, se parece a flotar pero con esa sensación de vértigo infinita que dan los edificios de Nueva York.
Es aquella de allí, bueno seguramente no la ves, a primera vista no es la típica mujer que sale en los sueños de los hombres. Sin embargo, ocurre que solo desde que la sueño, me siento hombre.
Es verano ella. Toda. Su vientre es como una ciudad costera, su ombligo una isla, sus pechos los salvavidas para después del naufragio, imagino que deduces ya donde empieza la orilla.
Pues una vez nadas hacia dentro, el mar, el de verdad, sin ella te parece una ofensa.
Tengo una terrible necesidad de que me haga daño, que me muerda, o me clave un tacón en el pecho, que abra una herida en mi piel con el tamaño de su nombre, o me cuelgue de la lámpara y haga carretera secundaria esta espalda de paso de peatones.
Cualquier cosa que la haga real e intensa y no sea otra pasión de esas que deja notitas en el refri y besos de buenos días en el velador.
Algo que duela de verdad.
Como el amor.
Si alguna vez se me ocurre hablar de su boca, si en algún momento soy tan estúpido de hacer metáforas sobre ese infierno que antecede a su garganta, si soy capaz de decorar su sonrisa con algún adjetivo, no les estaré mintiendo, solo será otro intento fallido de expresar la realidad.
No recuerdo cuando fue la primera vez que la vi. Pero si en que momento aprendí a mirarla.
La pienso cada vez que existe.
Siempre...
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