viernes, 21 de noviembre de 2014

Nunca he vuelto a sonreír como lo hacía contigo.

Hablamos del pasado como si ya no nos pudiera hacer daño. Cara a cara, sin la aparente necesidad del beso, enumerando los problemas en los que la vida nos sostiene ahora. Recuerdo que cuando decidimos terminar ambos nos deseamos lo mejor, como si en el amor fuera posible el empate. Nos han pasado los años por encima, creo que si pudiéramos los dos aceptaríamos sin pensarlo demasiado volver a aquel junio, que más que el comienzo de un invierno, nos pareció el suicidio de una primavera.

Ya no te brillan los ojos, no eres la mujer más bonita del mundo, ni tu sonrisa se cuela por las grietas de mi alma, para hacerme cosquillas por dentro de la piel. Ya no tengo un ejercito de hormigas, ni soy el capitán de tus vellos de punta. Tampoco soy el mismo, mi mirada ya no tiene fuerza y hallo siempre más emoción en aquello que imagino, que en todo lo que veo. Nunca he vuelto a sonreír como lo hacía contigo, mis manos perdieron el tacto de tanto buscarte en otros muslos y supongo que mi voz es más triste desde que no digo tu nombre.

Hablamos del futuro, como si tuviéramos resaca. Con los planes dormidos en un andén, escribiendo con las manos manchadas de errores un destino que no nos pertenece. Dejamos nuestras sombras al borde de alguna cuneta y nos despedimos con cubitos de hielo en los labios. Supongo que ni siquiera hemos sido capaces de reconocernos. Que hemos sentido el miedo de una edad, que ya no sabe perdonar nuestro fracaso. Que si volvemos a imaginarnos juntos, no podríamos ser esto que queda de nosotros, si no aquello que fuimos hace tiempo. Que la memoria es el único lugar donde podríamos ser felices otra vez.

Nos deseamos lo mejor en aquel entonces pero nos amábamos todavía demasiado para ser sinceros.

Y así nos va, supongo.

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