He amado tus pecas. Tus ojos y ojeras.
He amado la forma que tienes de irte,
y de mirarme como si me matases, antes de cerrar la puerta.
He bailado contigo, he llovido a tu lado.
Me he acostumbrado a que nunca me acostumbres del todo,
por ser cada día distinta, sin ser otra.
Te he hecho el amor en cada estación del año y cuando sonríes,
aún me pellizco en secreto, para ver si estoy en algún sueño.
Y, al final, he entendido que no hay suficiente poesía en el mundo para hablar de ti.
Que tú formas parte de un instante
que apenas dura un segundo y que ocurre constantemente.
Eres inexplicable, como casi todo lo que nos hace felices.
Vas y vienes, te paras, ríes, me pides un beso, lloras, tapas tu cabeza con la sabana
mientras duermes.
Te abrazo por la espalda y te apartas el pelo, me tomas la mano y la aprietas con fuerza.
Alguna vez me dijiste, que los finales felices,
solo son para esas personas tan tristes...
que son incapaces de disfrutar de la historia,
por que lo importante es el camino...
lo que vemos, el cielo azul, las nubes
y el olor de la calle después de una tormenta.
Tu espalda, tus rodillas y tu barbilla, tus ojos cafés...
que son como las hojas que nos regala el otoño.
Tus besos con lengua, tus besos, tu lengua...
y cuando aveces estas triste y agachas la cabeza y entonces
me acerco y te digo que estoy ahí... contigo,
que estoy en cualquier parte a tu lado,
-Estamos en esta mierda juntos-
luego levantas la mirada y al verme te brilla,
y te juro, te prometo que el secreto del amor,
no es amar las cicatrices del otro, sino de ayudarte a amar las tuyas.
Yo no puedo cambiar el mundo, pero si me dejas, lo decoro
de tal manera que te parezca hermoso.
Para Claudia, la mujer que amo.
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