Te odio, te odio como se odian los domingos por la tarde,
o las canciones en bucle que oyen los vecinos,
te odio como odian los cumpleaños las actrices de hollywood,
como se odian las verdades en los hospitales
y los chistes en los velatorios.
Te odio, porque cada vez que miro la luna...
Pienso en una historia de amor que no fue capaz de clavarse en la superficie.
La mujer que contesta a tu teléfono una y otra vez
repite como un eco la misma frase
(el número marcado no existe)
- ¿ Si no existe porque lo tengo en la cabeza? Le grito.
Pero ella desaparece.
Supongo que no tiene esa respuesta.
Me hiciste creer en el amor a primera vista, pero apenas tiro de la cuerda, levemente desapareces,
te traga la oscuridad de un viernes que amanece por inercia,
frío, como si el invierno hubiera decidido quedarse
mientras tu te marchabas al otro lado de la luna. Siempre pensé que la luna no estaba tan lejos.
Los rayos de luz que entran sin permiso
por los agujeros de la persiana
dibujan tu silueta en la pared.
Eres un montón de puntos amarillos,
pequeñas estrellas vomitadas por mi nostalgia,
creando una imagen de ti
que ni siquiera mereces.
Me miran los cuchillos afilados de la cocina
con la envidia de una herida que no les pertenece.
Tiemblo como una taza de café en la encimera
esperando madrugar entre tus labios.
Mamá dice que no hay nada más terrible
que llorar hacía dentro.
Que cada lágrima que no soltamos
llena un vaso invisible que tenemos en el alma
hasta que llega el fatídico momento que el alma se ahoga.
Mamá no tiene alma desde que murió mi abuela.
Y yo voy camino de ser una isla en mitad de una playa
donde nunca baja la marea.
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