domingo, 18 de julio de 2010

.Se llamaba Veronica, simplemente...

Podía haberse llamado Ana o luna o Cristina o Ingrid, bueno tal vez Ingrid no pero podía haberse llamado amor en los desayunos y cariño en las cenas y te quiero tanto que ya no me quiero ni a mí el resto de mis días.

Pero no. Se llamaba Veronica, simplemente.

Y tenía los ojos tan llenos de primaveras muertas que en su piel siempre era verano, con incendio en el monte de venus incluido.
Yo que entre mi multitud de defectos tenía aquel de enamorarme de todas las mujeres que esperan la micro me enamoré de ella. De ella y de todo el aire que separaba su piel de mi piel.

Porque ella era mía incluso antes de que su madre aquella noche de vodka dejó que terminaran adentro. Pero no lo sabía, ni yo se lo dije.

Se limitó a bostezar mientras la micro paraba a sus pies y un chofer con bigote, comenzó a soñar que la próxima estación, de esa mujer que subía los escalones como si estuviera haciendo un casting para una película danesa, era su cama.

Desde la ventanilla, mientras un cigarro me fumaba por dentro, me regaló su sonrisa y allí entre sus dientes cabía el primer desnudo de Marilyn, la tercera o cuarta escena lésbica de una tal Angelina y el baile más pornográfico de una colombiana sin espina dorsal.

Y se marchó, sin más, como se marchan todas las cosas que amo en esta vida.

Tan bella, tan suya, tan Veronica. Simplemente...

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