¿Qué otra cosa podía hacer con las manos que no fuera romperte las costuras de Los calzones?
Creo que dos segundos antes de arrodillarme te vi a los ojos, luego tus muslos se abrieron como las puertas mecánicas de los grandes almacenes y un liquido trasparente inundó mi lengua.
Lamí despacio, izquierda y derecha, arriba y abajo, ambos orificios, con gula, con hambre,con sed, absorbiendo dulcemente la pelotita que hacía crujir tu espalda.
En ese momento en mi cabeza sonaba la melodía del camión de los helados.
Y tú haciendo algo parecido a jadear pero con música, tus dedos tecleando canciones en la espesura de mis cabellos, cada vez que me faltaba el aire veía esa luz que dicen que anuncia la muerte, luego subía la cabeza miraba tu boca entreabierta suspirando y volvía mi sed interminable, la asfixia como necesidad de respirate por dentro.
Fue justo en ese momento, cuando tu voz dijo basta y yo no tenía certeza alguna de donde me latía el corazón, si en el hueco de siempre o en el mismo pene cuando me despertó la humedad de las sábanas.
Ni siquiera me limpié, me puse del otro lado y te eché terriblemente de menos.
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