Despertar en una cama que no conoces,
en una habitación que no te extraña,
con una mujer que nunca has visto
y sí la has visto,
ni siquiera la recuerdas.
Llamarla por un nombre que no es el suyo
y que ella te responda con adjetivos que descalifican
y seguramente mereces.
Ir al baño vomitar dos veces,
tres,
observar al hombre del espejo
-Te he visto en algún sitio hijo de puta-
El sonríe.
Ella se viste,
tiene el rimmel corriendo una maratón ocular,
no es del todo bonita,
está pálida,
su boca es amplia,
sus labios rosados,
su nariz se asoma al balcón de su barbilla
timidamente,
como con vocación de suicida
pero con pánico.
Le cae el cabello desordenado por la espalda,
es largo,
creo que huele a frutas del bosque,
observo sus axilas desde el baño,
me dan hambre.
Mucha.
Quizás desde esta perspectiva
si está linda.
Y es bonita creo.
Me habla como si me conociera de toda la vida,
-Vístete y lávate la cara
pareces un perro vagabundo- murmulla.
Paso por su lado,
no la miro de cerca,
me dan miedo sus ojos,
me visto,
rápido,
como si tuviera una cita con una italiana
para comer espaguetis con las manos.
En el salón una foto gigante decora la pared,
allí está ella,
radiante,
vestida de blanco sosteniendo
un ramillete de margaritas con dedos prestados
de alguna diva de otra época.
Es lo más bello que han visto mis ojos
en todos estos años.
Estoy seguro.
Al lado el tipo del espejo
enchaquetado,
con el pelo brillante por la gomina
y una sonrisa absurda
como si el mundo fuera un lugar confortable,
distinto a este,
extraño,
mejor.
No me despido,
salgo de aquella casa desconocida pensando
que sí,
que era bonita,
mucho,
demasiado quizás,
y ese hombre,
el del espejo,
debería dar las gracias por su suerte.
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