lunes, 30 de diciembre de 2013

Para que me oigas con los ojos.

Tenía que haberme hecho el muerto cuando te vi llegar
y no mirarte como miran los pasteles de los escaparates
las señoras con azúcar.

No sé puede ser tan bonita con pantalones cortos
y zapatos de esos que esquivan el ruido en callejones oscuros,
mandaste haciendo la estatua todo el glamour
a una pasarela donde halagan en francés
y mienten con los huesos marcados
y reinventaste de nuevo la moda en una baldosa
orgullosa de sostener tu peso.

Hoy me recuerda la radio que debes
haber abandonado a todos los cantautores a la vez,
que estás llenando esta ciudad
de drogadictos y borrachos
y que ya nunca más querrás ser una canción
a pesar de que la música empieza
cuando tú bailas.

! Y mierdas como bailas!
aunque parezca otra cosa
si cerca se mueven los demás
como animales sin cabeza.

Tienes una trinchera tan ferrea de monosílabos
que ninguna de mis frases logra nunca atravesar
la linea que separa el silencio del diálogo.

Es tan absurdo mover la lengua fuera de tu boca.

Por eso callo,
por eso escribo
desde esta voz sin decibelios
para que me oigas con los ojos.

Y no, no se puede tener tantos argumentos en tan poco espacio,
si fueras una película
habría cubos de palomitas volando por los aires,
refrescos azucarados pringando las butacas
y manos buscando bajo las faldas de la última fila
el significado real de la trama.
De la vida.
Del orgasmo.

Que hasta los guionistas que duermen en mis dedos
darían todas sus ideas al enemigo
por lamerte la vulva
hasta que volviera a pasar el cometa halley
por delante de tus párpados.

Se tambalean los bolígrafos de mi escritorio
cuando pienso en lo que hace el aire con tu pelo
se garabatean los folios de metáforas
si diviso mentalmente
como se te pega la ropa a la piel.

Tienes a todo tu armario
enamorado de tu aroma.

Y al mío masturbándose en tu ausencia.

Deberías saber que no es casualidad
que suba la marea cuando pisas una orilla,
que se multiplique la espuma de las olas
cuanto más te adentras en el mar
con ese bikini de cine para adultos.

Hay peces fetichistas desde que de un año para otro
por esa maga caprichosa llamada naturaleza
cambiaste el pelo corto por el pelo largo.

Debí hacerme el muerto cuando te vi llegar
en lugar de tartamudear tu nombre
como si me hubiera tragado un eco.

En lugar de colocarte en la agenda
de los amores platónicos
entre esa actriz italiana
que descumple los años
y aquella compañera de pupitre
que me robó la voz cinco años de infancia.

En la cama,
con el corazón contando ovejitas para soñarte
mientras tu boca besa al hombre del saco
en una discoteca con paso de peatones
que rompen los tabiques de mujeres
que no sabrán jamás cual es mi nombre.

Así estoy
sin ti,
despierto,
en plena pesadilla

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