Digamos que la mujer precisa
no fue aquella gordita de ascendencia coreana
que broncoaspiró con mi semen.
tampoco Natalia
que saltó por el balcón
cuando amparado por el santo patrón de las descaradas equivocaciones
se la metí por el culo
sin previo ni protocolar aviso.
menos aun Carolina
que nunca entendió esa simplísima fantasía
que consistía en hacerle el amor
a ella y a su madre
en el folklórico rio de mapocho.
Digamos que algunas me las tiré por ósmosis
a otras a punta de sueños
y sobre manchas de soledad.
El caso es que nunca coincidimos…
yo estaba en mi asteroide
coleccionando traiciones y otros gazapos que luce la vida
cosiéndome palabras a la piel
para luego quemarme a lo Bonzo
lejos de la fibra óptica
ausente de las precipitaciones de torres y bombas de espalda a la Camara de comercio
que mostraba el hambre y la desesperación en HD.
Ellas seguro que encontraron al Ulises o al Grenouille de sus sueños y tuvieron orgasmos dignos de los Oscar o los Globos de Oro,
fueron a un altar para matricular en el concepto de rutina, trajeron nuevos hijos de putas al mundo por aquello del instinto y ciertas cuestiones de la mercadotecnia y tuvieron la prudencia de olvidarme justo cuando las comenzaba a hacer poesía.
Digamos que la mujer precisa es la que me espera en aquella trinchera donde a pesar de la pólvora de algunos libros y otras guitarras que tartamudean siempre le pido disculpas por esto que soy y que me bese cada mañana en los rencores cuando me toque regresar húmedo y legañoso.
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