Ahora sé que debí haberte advertido
de que mi visión de los días
venideros
es como la memoria de un muerto
y que tan sólo soy real
cuando me contemplas dormido
sentada al borde de la cama,
haciéndote
esas mismas sonámbulas preguntas
que los trenes que pasan bajo tu
ventana
jamás te respondieron.
Es entonces cuando puedes acariciar
al trueno lejano
de mi pesada respiración, y calentarte con las
cenizas
aún humeantes del rescoldo en que he acabado.
Debí haberte
contado que antes de visitar el tuyo
hubo otras mujeres cuyos sexos
debían pensar
ser el centro del universo, y cuyas líneas esnifé
hasta
borrarlas como la droga de la esperanza
de encontrar un tesoro sin
mapa,
dejando exhaustas todas mis edades
y vacías de contenido las
palabras “para siempre”.
Pedir con indiferencia que ya nada nos
confunda,
cuando la vida ha sido aceptar un dulce error tras otro,
es
buscar una excusa valida para no culparnos por todo
o que justifique
la autodestrucción.
Maravillosos desaciertos que perseguí
con la
meticulosidad de un caprichoso,
con la serenidad de una carcajada,
con
la prudencia de un despilfarrador.
De nada sirve pedir cuentas
porque haya vuelto a llegar tarde
otra noche y que no me preguntes de
donde
cuando ya nadie puede cubrir nuestras deudas ni dar un peso
por
lo que vayamos a sacar del bazar de este último encuentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario