martes, 6 de abril de 2010

tutifruti


Hace unos días se me acercó Rocío, traía las botas altas de hacer esa música solo comparada a la lluvia sobre los tejados y esas medias negras de lana de no pasar frío.

Rocío es peligrosa, las mujeres que saben lo que quieren siempre lo son, venía a decir Fonollosa en un poema algo asi:

"Quiero una mujer que cuando me mire vea a un hombre"

Rocío no sabía nada de hombres, ni de cúantas mentiras piadosas se suelen contar después de los orgasmos, Rocío solo sabía que las tetas le habían crecido a demasiada velocidad y que los hombres todos, ya no la miraban como antes.
No sé en que colegio aprendió a hacerse nudos en el pelo con el dedo índice, mientras te posaba los ojos como quién mira una nube, ni sé quién le mostró a descruzar las piernas de esa manera tan lejana a la inocencia, ni porque sus calzones nunca eran blancos y su lengua siempre era roja.

Se colocó cerca de mi boca, masticaba chicle, todo olía a tutifruti, el mundo olía a tutifruti, que bello sería -pensé- que Rocío lo contaminara todo con su aliento.

- ¿Sabes? - Me dijo- Ayer cumplí dieciocho años, ya puedes observarme sin sentirte culpable-

Luego pasó por mi lado como una ola de frío, con esa sonrisa que usan los que siempre están acostumbrados a ganar.

Mientras la calle torcida comenzaba a tragársela yo la seguí con la vista, hasta que se difuminó del todo.

Y el mundo volvió a oler a mundo y yo, no me sentí mejor.

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